Ética y Política

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Por Salvador Dellutri

Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz.

Jeremías 29,4-7

El párrafo precedente es una carta enviada a los cautivos en Babilonia. Estos hombres estaban en una cultura totalmente diferente en lo ético y religioso. Sin embargo tenían que vivir en ella, y el mandato de Dios es que – manteniendo su identidad – tomen una actitud positiva y constructiva mientras dure la cautividad.

La conclusión es que en la paz de la cultura en la que se encuentran ellos podrán también tener paz.

Aristóteles definía al hombre como un “animal político”, para señalar que una de las características esenciales de la condición humana es que el hombre no puede concebirse aislado, sino insertado en un organismo social. Ampliaba así el horizonte de la sentencia de Dios en el Edén cuando afirmó: “No es bueno que el hombre esté solo”. La idea del hombre aislado, alejado de toda relación social es impensable.

La palabra “política”, que muchas veces nos causa escozor, recelo y hasta alarma, tiene que ver con esa asociación de los hombres, pero su significado en el lenguaje común es impreciso y tiene muchas acepciones. Habitualmente, en sentido amplio, implica una referencia al conjunto de actividades humanas de carácter colectivo, tendientes a la obtención de los fines de la comunidad. Pero en un sentido más restringido usamos el término política para referirnos a la autoridad y el poder que maneja el estado.

Toda sociedad se compone de un conjunto de grupos menores, con dispares intereses que se articulan y regulan unos a otros, por lo tanto el poder político es una exigencia ineludible, nacida de la necesidad de producir la armonía de la sociedad.

Los cristianos como individuos y la iglesia como tal, forman parte de la comunidad humana. Es bueno recordarlo porque en la práctica se han confundido los términos y muchas veces, queriendo “no ser del mundo” en concordancia con la afirmación del Señor, se ha manifestado una peligrosa tendencia a la marginalidad, porque hemos creído que “mundo” es sinónimo de “sociedad”. Muchas veces en el Nuevo Testamento se le da a la palabra “mundo” un valor ético. La conducta humana no está en armonía con el orden establecido por el Creador, ha sido afectada por el pecado, y el mal avanza contra los propósitos y las leyes divinas en todas las esferas. No obstante el mal no actúa desordenadamente, responde a la mente organizativa de Satanás, que coordina armónicamente el mal sobre la tierra. A esa armónica organización del mal se la denomina “mundo” en sentido teológico y con esta acepción se usa más de 180 veces en el Nuevo Testamento, siempre advirtiendo a los cristianos a no caer en sus redes, rechazarlo y combatirlo. En este sentido nos advierte Juan en: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.”

Sin embargo los cristianos están en el mundo, es decir en el orden social, y aquí la palabra toma otra connotación: Se refiere la comunidad humana, a los hombres viviendo en sociedad. En este sentido es que el Señor Jesucristo dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo… “ Y a ese mundo somos enviados para proclamar las virtudes de Jesucristo y el Evangelio, y para hacerlo tenemos que integrarnos a esa comunidad, ser parte de ella.

Siempre tendremos que luchar con la “tentación de la burbuja”, aquella que atacó a Pedro en el monte de la transfiguración cuando alejado de las tensiones de la sociedad, de las preguntas capciosas de los fariseos, de los ataques irónicos de los saduceos y de las presiones de la chusma, vislumbraron el resplandor de la Gloria de Dios. El Apóstol dijo: “Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías”.

No tengo problemas en coincidir con el Apóstol: Aquel era el mejor lugar y era preferible estar allí. Pero era una actitud escapista y el evangelista añade: “… no sabiendo lo que decía.” Subrayando que la elección era equivocada, que la misión estaba en el contacto con la sociedad donde tendría que ejercer influencia, predicar el mensaje salvador y llamar a los hombres al arrepentimiento.

La iglesia primitiva no tuvo una actitud de marginalidad, no sucumbió a la “tentación de la burbuja”, sino que, por el contrario,  el centro de reunión era el pórtico de Salomón en el Templo de Jerusalén. Así lo declara Lucas en los Hechos de los Apóstoles: “Y perseverando unánimes cada día en el templo; “Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración.” Cuando comenzó la persecución judía persistieron en ser una presencia viva en la sociedad: ”Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón.

Estaban no solo en la capital de su nación, sino en el nudo neurálgico religioso, en el mismo centro social y gubernativo de la nación. Allí convergían todas las corrientes de la sociedad y  la iglesia podía interactuar con su sociedad.

Sin embargo a comienzos del siglo III con los monjes del desierto y al finalizar el siglo con el monaquismo lauda y cenobítico la tentación de la burbuja crece dentro de la iglesia, divorcia a los cristianos de la sociedad. Son los cristianos “y” la sociedad, cuando debían ser los cristianos “en” la sociedad.

Cuando, superando la tentación de la burbuja, comenzamos a correr el riesgo del contacto con la comunidad, comenzamos a hacer política en el sentido amplio del término, porque todos los que vivimos en comunidad hacemos política y la acción de la iglesia es una acción política.

Cuando predicamos el evangelio condenamos públicamente el pecado en todas sus formas, lo que significa que emitimos un juicio sobre la sociedad en la que estamos. Luego llamamos a los hombres al arrepentimiento, a que cambien su forma de pensar para que así cambie su manera de vivir. La obra transformadora del Espíritu Santo  en aquellos que reciben a Cristo influye directamente en la sociedad en la que vive. Por lo tanto la predicación como tal, en el sentido amplio, forma parte de un accionar político.

Coincidamos con Jorge García Venturini cuando dice: “La política no tiene como fin, según la opinión de tantos, la conquista y la conservación del poder, sino el servicio de la dignidad humana o, si se gusta, del bien común de los integrantes de la sociedad… Así evaluada, la política resulta una rama de la ética (detalle bastante olvidado) una aplicación del decálogo moral que debe regir la vida de los hombres. De tal modo, la política se convierte en actividad trascendente. Poniéndose al servicio del ser humano, de cada uno, y no de las instancias mitológicas que llevan al hombre a su perdición, considerando a la persona como fin y no como medio, la política deviene ética, y aún metafísica y teología, porque en definitiva no hace sino servir a Dios en sus criaturas.

El concepto de la política como una rama de la ética está tomado de Aristóteles, quien decía que era  “una rama especial de la ética”. Por este motivo es que la iglesia tiene la obligación de hacer oír su voz sobre los problemas espirituales y éticos que afectan a la sociedad. Pablo habla de “la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” Para ser dignos de tan algo ministerio tenemos que concebir a la fe cristiana como una cosmovisión que la sociedad debe conocer.

Al respecto Hans Kung dice:

Los cristianos deberían saber lo que quieren. También los no cristianos deberían saber lo que los cristianos quie­ren. Preguntado por lo que quiere el marxismo, un marxis­ta podrá dar, aunque hoy ya no sea del todo indiscutida, una respuesta lacónica y concluyente : la revolución mun­dial, la dictadura del proletariado, la socialización de los medios de producción, el hombre nuevo, la sociedad sin clases. Pero el cristianismo, ¿qué quiere? La respuesta de los cristianos no pasa de ser, en no pocos aspectos, vaporosa, sentimental, genérica: el cristianismo quiere amor, justicia, hallar sentido a la vida, ser bueno y hacer el bien, humanidad… Pero, ¿no quieren tales cosas también los no cristianos ?

A la luz de lo citado analicemos algunas realidades que tenemos al alcance de la mano:

  1. Nuestra sociedad se debate en medio de una crisis moral, personas que se proclaman cristianas y juran fidelidad sobre los Santos Evangelios roban, mienten y se corrompen escandalosamente.
  2. En un mundo donde Dios ha provisto el potencial de subsistencia para todos y donde hay un superávit de alimentos, tenemos gravísimos problemas de hambre, desnutrición y muerte mientras que otros viven en la opulencia.
  3. Estamos viendo como se destruye la creación de Dios y se producen innecesarios desequilibrios ecológicos por el mal uso de la tecnología.
  4. Asistimos a la justificación y promoción de conductas inmorales como la homosexualidad y el trasvestimo en los medios de difusión.
  5. Los medios de difusión masiva se convierten en cloacas que descargan toda su infección en el mismo seno del hogar, pervirtiendo desde las costumbres hasta el vocabulario.
  6. Diariamente tenemos pruebas de la perversión de la justicia,  la institucionalización del soborno y el desmoronamiento de las instituciones.
  7. Aproximadamente 450.000 seres humanos son abortados en Argentina cada año, mientras instituciones hipócritas hacen manifestaciones únicamente por la caza indiscriminada de ballenas o la extinción del tatú carreta.
  8. Miles de personas hoy están sufriendo por la impunidad que ha protegido a terroristas y genocidas por igual, pervirtiendo la justicia en nombre del derecho.
  9. Estamos viendo como se legisla sobre la eutanasia en países que son considerados como “desarrollados”.

…. y podríamos seguir.

¿Cómo cristianos y como iglesia de Jesucristo no tenemos nada que decir frente a esto? ¿No hay ninguna advertencia, amonestación o  juicio de Dios que proclamar?

Como Iglesia tenemos que tomar conciencia de que estamos viviendo tiempos donde es necesario elevar una voz profética sobre esta realidad. Así como en los momentos de crisis Dios levantaba en Israel a los profetas para que transmitieran el mensaje de advertencia, llamado al arrepentimiento y juicio, la iglesia tiene que levantar su voz haciendo oír lo que dice la Palabra de Dios  sobre estas realidades.

El Señor Jesucristo tuvo palabras de amor y misericordia para todos los hombres, recibió y perdonó por igual a Zaqueo que a Bartimeo, no hacía discriminación de ningún tipo y a todos convocaba al arrepentimiento. Pero tuvo palabras condenatorias para la sociedad de su tiempo. Condenó la incredulidad de Tiro, Sidón, Betsaida, Capernamún, Corazín, Jerusalén y no fue obsecuente con el poder político, utilizó el calificativo de “zorra” para referirse al rey Herodes y condenó por igual a fariseos, saduceos, escribas y sacerdotes.

Esto no significa que la iglesia deba enrolarse en la contienda partidista. Dentro del cuerpo de Cristo conviven personas con diferente forma de pensar en cuanto a las cuestiones políticas, y la iglesia debe seguir siendo plural. Tenemos en común la salvación en Cristo Jesús, pero esto no significa que nuestras opiniones tengan que ser unánimes, y es peligrosísimo que pastores quieran captar votos para un candidato o partido político en la congregación abusando de su autoridad, por lo tanto la iglesia de Jesucristo y la predicación pastoral debe apuntar a aquellas cosas que constituyen atropellos a las leyes morales y espirituales, manteniendo el debido respeto por las autoridades, pero absteniéndose de todo compromiso partidista que afectaría la unidad en la diversidad de todo el Cuerpo de Cristo. La iglesia debe seguir siendo “columna y baluarte de la verdad”. Creo, personalmente, que la iglesia del Señor debe actuar como la voz de la conciencia del cuerpo social advirtiendo, corrigiendo y amonestando.

Esto no tiene que significar que pretendemos instaurar el Reino de Dios sobre la tierra, sino que asumimos nuestra tarea de ser la voz de los que no la tienen, de ser de ayuda a los marginados, los olvidados y los desprotegidos y de ayudar en toda causa noble que beneficie a la comunidad.

En el aspecto práctico tal vez sea conveniente que la palabra salga de las instituciones aglutinantes representativas a fin de evitar la diversificación, y se canalice a través de hombres con la debida preparación bíblica, pero también intelectual para poder fundamentar y defender convenientemente las verdades eternas. Hans Kung señala los males de cada una de las tres grandes ramas de quienes profesan ser cristianos diciendo: “Ciertamente, las distintas iglesia no han terminado con algunos de sus problemas intra eclesiales; así por ejemplo, la superación del absolutismo romano en la Iglesia católica, el tradicionalismo bizantino en la ortodoxa griega y de las manifestaciones de disolución en el protestantismo”

Sin embargo es conveniente tener en cuenta que quienes hacen planteos éticos deben estar fuera de toda sospecha. Toda sombra de corrupción que empañe a la iglesia – y lamentablemente esto no es excepción – debe ser erradicada. Recordemos que la Escritura advierte: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros…” “Tus testimonios son muy firmes; la santidad conviene a tu casa,  oh Jehová, por los siglos y para siempre.”

No será extraño que muchos con inquietudes políticas quieran embarcar a la Iglesia del Señor en una aventura conjunta en vista del caudal electoral que pueda representar, y esto merece una reflexión aparte.

Nadie tiene derecho a frustrar la vocación política de un hermano que sienta que puede servir al Señor en este aspecto, pero debe tener en cuenta que su participación es personal y representará únicamente a sus electores y no a la Iglesia del Señor.

Tenemos que entender que los partidos políticos son “estructuras de poder”, mientras que la iglesia no lo es. Enrique Stob comenta al respecto:

El hecho es que los gremios o los partidos políticos, cristianos o no, son “estructuras de poder”. Lo son porque tienen, y por necesidad deben tener, en su posesión ciertos instrumentos y técnicas de coacción. Sin estos instrumentos y técnicas de coacción, sin la “fuerza” y la “compulsión” que ellos pueden acarrear para que los soporte la gente, ellos dejarían de ser lo que son.

Es obvio que sin el “arma de la huelga” un gremio deja de ser un gremio. Sin el poder de “obligar” a las administraciones a admitir sus demandas, un gremio no es sino un instituto educativo o una agencia de propaganda; no es un gremio… Las iglesias, las escuelas, y las organizaciones similares enseñan, proclaman, testifican, persuaden, convencen, y por lo tanto “ejercen influencia”, pero no tienen la capacidad o el derecho para “obligar”, “forzar” o “compeler”. Es porque no son, es su naturaleza “estructuras de poder” como lo son seguramente los gremios. Si los gremios son “organizaciones de poder” también lo son los partidos políticos…”

En este sentido se han cometido muchos errores en América Latina, la mayoría de ellos por ingenuidad. El mundo político es complejo y tiene sus propias reglas de juego, la mayoría de ellas oscuras y contrarias a la ética cristiana. En la política no existen amigos, sino aliados. Y no aliados permanentes sino circunstanciales.

Contando su experiencia el Dr. Carlos García García del Perú, que fue candidato en las elección de 1990 junto al Ingeniero Alberto Fujimori dice:

“… varios evangélicos fueron elegidos: catorce diputados, cuatro senadores y este servidor como segundo vicepresidente de la República.

Lamentablemente antes de la segunda vuelta electoral el Ing. Alberto Fujimori comenzó un proceso de marginación de los evangélicos… En este proceso de marginación, yo mismo fui víctima al no concederme ninguna posición oficial en el gobierno”

A través de las palabras del muy honesto hermano García se evidencia que los complejos manejos políticos hace necesaria una sagacidad muy especial para no ser usado, “porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.”

Quisiera señalar dos actitudes, encontradas con la ética, que suelen ser muy comunes:

  1. La de quienes quieren acceder a la política para sacar beneficio para los hermanos o la iglesia. Sobre este particular he visto volantes de publicidad dirigido a los creyentes, donde se les prometía terrenos gratuitos para iglesias y créditos preferenciales para los cristianos. Esto es una abierta inmoralidad.
  2. La actitud de quienes creen que pueden acceder a la política con el único capital de su honestidad. Manejar la cosa pública necesita también eficiencia. Hay personas que son honestas, pero incapaces para la tarea. Promocionarse únicamente por la honestidad es abrir el camino para defraudar al votante.

Señalemos además que la experiencia de políticos cristianos en América Latina no ha sido feliz. Samuel Escobar, haciendo un balance muy agudo, dice: “Hasta hace poco tiempo los evangélicos se preciaban de ofrecer una alternativa religiosa y moral a nuestros pueblos, pero la mala incursión de los evangélicos en la política en países como Guatemala, Brasil o Perú, ha mostrado que desde el punto de vista de la ética los evangélicos no son necesariamente mejores que los católicos”

Quienes bajen al terreno político en América Latina, donde los pueblos carecen de una acendrada vocación democrática y son proclives al paternalismo, y quieran con sinceridad ser fieles al Señor tendrán que enfrentar grandes presiones y resolver constantemente problemas éticos.

Termino recordando el caso de una diputada Colombiana, muy capaz y fiel al Señor, que fue duramente hostigada por los diarios por no adherir a las sanciones sobre el Presidente Samper, acusado de financiar sus campañas con dinero del narcotráfico. Esto le trajo problemas incluso con la iglesia.

Conversando con ella me confesó: “No puedo unirme a esa sanción. Desde hace veinte años todos los políticos que llegaron al poder recibieron aportes del narcotráfico. Es una hipocresía sancionar solamente a uno, el único que cuando estuvo en el poder fustigó al narcotráfico… Pero como siempre en estos casos, no existen pruebas. Tengo que aguantar el aguacero en silencio.”

No pude menos que admirar la actitud de esa mujer que resistía por una convicción ética. Lo que demuestra que, si bien hay ejemplos lamentables, también hay honrosas excepciones que deben ser tenidas en cuenta.

Creo por lo expuesto que nuestro accionar tendría que ir por dos carriles diferentes:

Uno es el de la iglesia del Señor, con un ministerio profético para proclamar la verdad de Dios y fundamentado en las Sagradas Escrituras, evitando todo color partidario y el otro el de los hermanos que sienten vocación política y la llevan adelante a título personal, sin comprometer a todo el Cuerpo de Cristo en su acción.

Tenemos por delante tiempos muy difíciles y conflictivos. El mundo occidental se ha ido desprendiendo lentamente de todas sus raíces éticas basada en la tradición judeo-cristiana para lanzarse al vacío. Estamos viendo el final de un experimento único en la historia de la humanidad: Una civilización que quiere edificarse ignorando los valores absolutos. Es previsible que todo esto lleva hacia el abismo del fin.

Como Iglesia del Señor recordemos las palabras que Dios hace llegar a su pueblo por intermedio de Ezequiel en una situación extrema: “El pueblo de la tierra usaba de opresión y cometía robo, al afligido y menesteroso hacía violencia, y al extranjero oprimía sin derecho. Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé.”

Necesitamos colocarnos en la brecha que se ha abierto entre nuestra sociedad y Dios, una brecha difícil y peligrosa. Una brecha en la cual se intercede ante Dios y se denuncia en el mundo. Una brecha en la que sufrieron muchos hombres del pasado en similares circunstancias. Pero nuestra responsabilidad es colocarnos en ella y asumir el protagonismo que Dios quiere de nosotros como  Iglesia. Será una lucha dura pero necesaria, a la que pondrá fin el Señor en su Segunda Venida.

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