¿Por qué traducir la Biblia?

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Que cada grupo humano pueda entender el mensaje del evangelio en la lengua de su corazón, el idioma en el que piensa y sueña.

La pregunta que muchas veces nos hacen es: ¿Por qué los cristianos se esfuerzan tanto en traducir la Biblia? Después de todo, la traducción de los libros sagrados en algunas religiones representa un problema teológico importante. Cito de Wikipedia:
Según teólogos islámicos una Traducción del Corán del árabe en otros idiomas no es posible, porque cada traducción ya incluye una interpretación. Se recomienda la lectura del texto original árabe. Toda traducción es sólo un acercamiento al mensaje coránico, por lo que ningún estudio del Corán puede ser considerado serio si no es un estudio basado en el texto árabe original.
Es interesante notar que para algunos que se hacían llamar cristianos, la traducción bíblica tampoco era una buena idea. Uno de los más acérrimos enemigos de Wycliffe escribió:
“John Wycliffe ha traducido el evangelio, que Cristo confió al clero y a los doctores de la Iglesia, para que pudieran administrarlo convenientemente a los laicos… Wycliffe lo ha traducido del latín al inglés, que no es precisamente el idioma de los ángeles. Como resultado, lo que antes solo estaba en el conocimiento de estudiados clérigos y de personas de buen entendimiento, ahora se ha convertido en algo corriente y al alcance de los seglares; de hecho, hasta las mujeres pueden leerlo. Como resultado, las perlas del evangelio han sido esparcidas y echadas a los cerdos”.
Esto no ocurrió solamente en la Europa de Wycliffe; también impactó en la incipiente colonia española, hoy llamada República Argentina. Así que en 1569, mediante la cédula que establecía la Inquisición en América, Felipe II también decretaba “la censura de las biblias en lenguaje vulgar (o sea, en castellano), al igual que pinturas indecentes y otros libros prohibidos, y en los puertos los comisarios debían examinar que no entrase nada de esto en las colonias. O sea, la Biblia (traducida) estaba dentro de los objetos prohibidos, compartiendo la lista con, por ejemplo, las figuras indecentes.
Pero en el mismo año que se establecía la Inquisición, más precisamente el 26 de Septiembre de 1569, salía de la imprenta la traducción bíblica al español realizada por Casiodoro de Reina, que tendría su primera revisión en 1602 por Cipriano de Valera, convirtiéndose en la traducción Reina Valera, la de mayor circulación en el mundo de habla hispana.
Es así que los cristianos creemos que la traducción bíblica no es algo que debe ser sólo permitido sino también anhelado, alentado, estimulado. Hay jóvenes que dejan sus potenciales carreras exitosas para internarse en una cultura, aprender una lengua, probablemente crear la gramática, y dejar como resultado la traducción de la Palabra de Dios. Hay familias que se trasladan de un continente a otro, abandonando sus comodidades, con nietos viviendo lejos de los abuelos, para que un pequeño grupo, a veces de unos pocos cientos, tenga la Biblia en el lenguaje de su corazón.
¿Por qué?
Bueno, podríamos citar muchos motivos para la traducción:
• Por un lado, existe una motivación antropológica: proteger y reforzar las culturas y lenguas minoritarias del mundo, que están siendo absorbidas por los idiomas mayoritarios. Como Sociedad Bíblica Argentina podemos dar testimonio del impacto de las traducciones en las comunidades que servimos. Los hermanos wichís no sólo dicen “ahora tenemos la Biblia en nuestro idioma” sino “ahora tenemos nuestro idioma”. Es como si dijeran: “la Palabra de Dios nos dio nuestras propias palabras”. Y esto ha ocurrido no sólo con las lenguas minoritarias, sino también con muchos de los idiomas principales, como el alemán.
• Una segunda motivación, podríamos llamarla misionológica: que cada grupo humano pueda entender el mensaje del evangelio en la lengua de su corazón, el idioma en el que piensa y sueña. Había un misionero leyendo la Biblia en castellano a un grupo de personas pertenecientes a una etnia del norte argentino. Y leía el pasaje de Gálatas 5: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas… envidias, borracheras…” y no pasaba nada. Enseguida comenzó a leer el mismo pasaje en la lengua de la etnia, y un hombre se levantó expulsado de su asiento diciendo: “¡Pero nosotros hacemos todo eso!”
• Hay una tercera motivación, que podríamos encuadrarla como sociológica. Un resultado derivado de la traducción bíblica ha sido eliminar los sentimientos de inferioridad de estas etnias. Rafael Mansilla, cacique Toba Qom y uno de los traductores de la Biblia a su propia lengua, nos comentaba hace unos meses: “Hace 30 años nos daba vergüenza hablar en idioma delante de la gente no indígena, pero ahora estamos muy orgullosos de nuestra lengua. Y esto se produce por la lectura de la Biblia”. Es más, los mismos misioneros que han estado trabajando con ellos nos dicen que a través de la Biblia ellos descubren que Dios no hace acepción de personas, que no son menos valiosos que el blanco que los conquistó, y eso les hace – en muchos casos – levantarse a reclamar sus derechos.
Pero sobre todos estos motivos, hay una motivación teológica para la traducción, que es central a nuestra fe. En realidad, la traducción no es sólo un recurso para que todos los pueblos conozcan el evangelio: la traducción es un componente central del evangelio.
Un gran historiador del cristianismo escribe lo siguiente: “La fe cristiana se basa un acto divino de traducción: ‘La Palabra (el Verbo) se hizo carne, y habitó entre nosotros’ (Juan 1.14). La encarnación es traducción. Cuando Dios en Cristo es hizo hombre, la divinidad fue traducida a humanidad, como si la humanidad fuese la lengua receptora”.
Hebreos 1.3 lo dice claramente: “Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza” (RVA). Y Pablo le escribe a los Colosenses: “Él es la imagen del Dios invisible” (1.15).
Es más, es gracias a este acto de traducción que hoy tenemos un evangelio que predicar. Cristo participó de carne y sangre, dice la carta a los Hebreos, y “debía ser en todo semejante a sus hermanos (la lengua receptora), para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Heb. 2.17).
Justamente una de las tareas centrales de la Sociedad Bíblica Argentina (como miembro de la fraternidad de las Sociedades Bíblicas Unidas) es que el mensaje de la Biblia pueda llegar a cada persona y etnia de nuestro país en un idioma que pueda entender.
Y para esto ha trabajado durante casi 200 años en la traducción de las Escrituras a las distintas lenguas de nuestro pueblo. En muchos de estos casos se trataba de lenguas ágrafas, o sea, que no tenían escritura, lo cual llevó enormes esfuerzos para la creación de alfabetos y reglas de gramática, convirtiendo a la Biblia en el único libro que algunas de estas comunidades poseen. Entre 1881 y 1886 se hizo la traducción al ya extinguido idioma Yahgan, luego al Mocoví, al Pilagá, al Chorote, al Wichí, al Quichua Santiagueño, al Toba del Oeste. Y en los primeros días de Mayo de este año, tendremos el acto de cierre de la traducción de la Biblia completa al Toba Sur (o Toba Qom).
Muchos han orado por este ministerio en los últimos 200 años. ¿Te sumarás al ejército de intercesores?
Ruben A. Del Ré
Director General de la Sociedad Bíblica Argentina