Miel que sale de la roca

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Autor: Thomas Wilcox

Creer es la cosa más maravillosa del mundo. Agregar tu propia obediencia terminará estropeándolo todo. Lo más difícil en el mundo es tomar a Cristo como mi propia justicia: eso es lo que significa reconocerlo como «Cristo». Si le agregas algo tuyo lo haces un no-Cristo.

Cuando te acercas a Dios buscando aceptación, a cualquier cosa que ingrese (de tu parte) aparte de Cristo, llámala anticristo, ordénale que se vaya; que triunfe solo la justicia de Cristo. Cuando Satanás carga el pecado de tu conciencia entonces cárgalo sobre Cristo. Esto es el evangelio: es decir, hacerlo «Cristo». Cuando el alma, con todo sus deberes y aflicciones, sus obligaciones y fracasos, puede decir «nada sino Cristo, solamente Cristo, para la justicia, la justificación, la santificación y la redención» (1 Corintios 1:30), ese alma se ha levantado por encima de la olas de la desesperación.

Haz de Cristo tu paz, «porque Cristo es nuestra paz» (Efesios 2:14), no tu obediencia y tus lágrimas. Cristo es tu justicia, no tu crecimiento en la gracia. Puedes destruir a Cristo al sentirte aceptado por Dios a causa de tu obediencia, de la misma manera que tu a causa de tus pecados.

Las personas que temen ver la peor corrupción por el pecado, y el más grande infierno del corazón, dudan de los méritos de Cristo. Si tratas de hacer algo por ti mismo para compensar el pecado, renuncias a Cristo como el justo que se hizo pecado por ti (2 Corintios 5:21).

¿Acaso tu pecado te hace mirar más a Cristo, y menos a ti mismo? Mirar tu obediencia, tus cambios, tu crecimiento, en lugar de mirar a Cristo, es peligroso. Mirar tu éxito espiritual te haría sentir orgulloso; mirar la gracia de Cristo te hará sentir humilde.

No quites ni un momento la mirada de Cristo. No mires primero tu pecado; mira a Cristo primero. Cuando te lamentes por el pecado, si puedes ver a Cristo, entonces echa fuera la culpa del pecado (Zacarías 12:10). Deja que el pecado quiebre tu corazón, pero no tu esperanza en el evangelio.

Cuando nos acercamos a Dios, no debemos traer nada sino a Cristo. Cualquier ingrediente, o cualquier calificación por nosotros mismos, va a envenenar y corromper la fe. La persona que edifica su fe en lo que hace o en como cambia, no conoce todo lo que Cristo ofrece.

¿No tienes consuelo a causa del pecado? Miras a tu derecha y a tu izquierda y preguntas: «¿dónde puedo encontrar la bendición?». Te estás tropezando con tus tareas y ocupaciones para remendar una justicia que te salve. Mira de cualquier lado que no sea Cristo y estas acabado. Dios no va a mirar otra cosa que no sea Cristo; tú tampoco debes mirar otra cosa.

Acércate a Cristo con toda tu rebelión y falta de fe, para tener fe y arrepentimiento de parte de Él, esa es la gloria del Evangelio. Dile a Cristo: «Señor, no traigo justicia, no tengo gracia para ser aceptado ni por la que ser justificado; he venido por tu gracia y tu justicia».

Esto es fe verdadera: descansar sobre las montañas eternas del amor y la gracia de Dios en Cristo y vivir continuamente a la luz de la infinita justicia y los méritos de Cristo.

 

Extractos de “Miel que sale de la roca”, de Thomas Wilcox (1621-1687).

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