“Necesitamos volver al fundamento sólido”, Salvador Dellutri en el Congreso de la Biblia.

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En el marco de las Concierto de Apertura del Congreso Internacional de la Biblia celebrado en la Sala Sinfónica del CCK, el Pastor y ex Presidente de la Sociedad Bíblica Argentina compartió un mensaje con un fuerte énfasis en la necesidad de retornar a la Biblia.

Es auspicioso que a 500 años de la Reforma en el Centro Cultural del Bicentenario se lleve a cabo un Congreso Internacional sobre la Biblia. La Reforma fue un largo proceso que tuvo, además de Lutero, varios actores que no debemos olvidar. Pero la gran protagonista fue la Biblia, la Palabra de Dios. 

¿Cuál es la importancia que tiene hoy la Biblia para que nos ocupemos de ella? La Biblia es el libro fundacional de la cultura occidental. Nuestra concepción del mundo, del hombre y de la historia tienen su origen en las enseñanzas de la Biblia. Nuestros principios éticos, nuestra fe religiosa y nuestra esperanza trascendente emanan de este libro, y es imposible concebir la cultura occidental sin tener en cuenta su influencia.

Tenemos que recordar esto hoy, cuando estamos experimentando profundas mutaciones en las que los cambios tecnológicos y económicos afectan profundamente la vida social y familiar, modifican  nuestras costumbres, alteran nuestro estilo de vida, abren nuevos interrogantes éticos e intentan modificar hasta nuestras concepciones religiosas. Estamos sufriendo mutaciones tan profundas que han entrado en crisis todos nuestros valores.

Durante la modernidad todo fue puesto en tela de juicio y sujeto al veredicto inapelable de la razón, a la que se consideró única fuente de autoridad para establecer principios y valores. Comenzó allí un proceso de secularización y desacralización que desechó la autoridad de Dios y colocó al hombre como medida de todas las cosas.

En los siglos XIX y XX, se cuestionó duramente la validez de la fe, se entronizó el pensamiento autónomo y florecieron las ideologías como religiones laicas a cuyos dogmas hay que adherir sin reservas ni cuestionamientos y como resultado convirtieron al siglo pasado en el más sangriento de la historia. Las cincuenta guerras del siglo veinte, incluyendo las dos guerras mundiales, dejaron un saldo de más de ciento sesenta millones de muertos. A esto hay que sumar los genocidios de Hitler, Stalin y Mao que sumaron casi cien millones de muertos más.

Esto fue el detonante que dio por tierra con el optimismo humanista y desencadenó un proceso nihilista, donde los valores supremos perdieron su valor y nos quedamos huérfanos de metas y respuestas.

El hombre entró en agonía, se consideró un ser intrascendente, confrontado permanentemente con la muerte, cuya existencia, según la definición de Sartre era “una pasión inútil”.

La  actual crisis de valores es consecuencia de haber sucumbido al espíritu del humanismo que descalificó a la Biblia, la rechazó como fundamento ético y prefirió lanzarse a la aventura de fabricar una ética situacional que ignorara los Diez Mandamientos dados por Moisés y las enseñanzas de Jesús en el Sermón de la Montaña, sin haberlos analizado ni comprendido.

Porque el humanismo que siempre criticó, y con razón, los fanatismos y fundamentalismos cristianos del pasado, ha generado fanatismos y fundamentalismos que perduran hasta el presente y envenenan a la sociedad.

¿Dónde está la Biblia en nuestro país? Fuera de los templos, aparece como un elemento decorativo para que alguien, que no la ha leído ni está dispuesto a practicar la ética judeo cristiana, la use poniendo la mano encima para jurar en vano fidelidad a Dios y a la Patria.

La Biblia no es un libro para ser leído. Es un libro para ser vivido. En sus páginas encontramos la respuesta espiritual a los problemas existenciales del ser humano. A la luz de la Biblia nació la cultura más dinámica que conocieron los siglos y se gestaron  obras maravillosas que enriquecen a toda la humanidad.

Miguel Ángel, Juan Sebastián Bach, Federico Haendel, Dante Alighieri, Pedro Pablo Rubens, Alberto Durero, Rembrandt, Marc Chagal, Fiodor Dostoyevski, por mencionar solo a algunos, se inspiraron para su actividad creadora en las páginas de la Biblia.

Salvador DellutriEn este Congreso venimos a levantar la Biblia, las Sagradas Escrituras, en un país particularmente bendecido por Dios que tuvo un pasado de grandeza, pero hoy está abrumado por los altos niveles de pobreza, miseria y corrupción. Lo hacemos en el momento histórico en que la confusión ética, que viene presidiendo la escena mundial desde hace largo tiempo, está mostrando sus resultados.

Porque no podemos engañarnos: las crisis sociales, políticas y económicas que hemos vivido y vivimos son el resultado de una profunda confusión moral y espiritual. Son consecuencia de ese extravío los funcionarios corruptos, los políticos demagogos, el periodismo mercenario, la decadencia de la educación, la degradación de los medios de comunicación y hasta el empobrecimiento del lenguaje.

Esa profunda confusión nos hizo perder solidez y nos hemos convertido en una sociedad permeable en la que penetran con facilidad todo tipo de ideas disparatadas, practicas morales destructivas o manifestaciones enfermizas de fe. Una sociedad peligrosamente abierta a todas las propuestas,  que no ofrece la más mínima resistencia, porque la confusión ética destruyó su capacidad de análisis y su sentido crítico.

Levantar la Biblia es apuntar directamente al corazón de la crisis. El origen de todos los problemas humanos se encuentra en el corazón del hombre, porque es allí de donde salen las calamidades.  Nuestro Señor Jesucristo señalaba: Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

La Palabra de Dios habla al corazón de cada hombre y su mensaje le muestra el camino del cambio y la purificación, para que pueda ser una influencia benéfica dentro de la comunidad.

Pero también la Palabra de Dios constituye el cimiento sólido sobre el cual edificar una sociedad sana. Sin un fundamento consistente la sociedad está sujeta a los caprichos y las modas, y vive en un vértigo de cambios permanentes que no llevan a ninguna parte. Cuando  la Palabra de Dios ejerce su influencia en el corazón de los individuos y la sociedad, caen todas las idolatrías.

Nuestro país necesita un cambio moral. No cometamos el error de los pueblos decadentes cayendo en el relativismo. La teoría de la relatividad que Einstein circunscribió a la física no la traslademos al campo moral.  Los que desechan los absolutos se entregan atados de pies y manos al pensamiento débil. Reemplazan la Verdad con mayúscula con un sinfín de “verdades” antagónicas.

La Verdad no puede fragmentarse, no pueden coexistir verdades contradictorias, es absurdo pensar que cada uno puede tener su verdad y resignar la búsqueda de la verdad absoluta.  No podemos ni debemos negarnos a la confrontación esclarecedora, que es el motor del pensamiento. Pero no podemos ignorar el principio elemental que dice que “si una cosa es verdad, lo contrario no lo es”.

Abramos las páginas del Libro Sagrado, y escuchemos nuevamente las palabras de nuestro Señor cuando respondiendo a los corazones confundidos, se presenta como el Absoluto de Dios, y dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Esta aceptación de Jesucristo como la Verdad de Dios, como la Verdad absoluta, es el camino que nos lleva a la verdadera libertad. Él mismo dijo: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

Nuestra sociedad tiene un concepto pobre y frívolo de la libertad. Ese don precioso, que nos diferencia de las demás criaturas de la naturaleza, se utiliza para la degradación y la bestialización del hombre.

Lo que debería ser aire respirable se transformó en una atmósfera enrarecida y contaminada que diluye los valores y ahoga las virtudes. Con todo desparpajo se exhibe al hombre esclavo de sus instintos y sometido a sus vicios como un ejemplo de libertad.

Necesitamos volver al fundamento sólido, a la libertad que eleva y dignifica al hombre, a la libertad que enriquece y es camino de realización.

Quiero terminar con una confesión de fe. No usaré mis palabras, sino las de un escritor argentino, Leopoldo Marechal, que al final de su escueta autobiografía dice: Yo confieso que solo estoy comprometido con el Evangelio de Jesucristo, cuya aplicación resolvería por otra parte, todos los problemas económicos y sociales, físico y metafísicos que hoy padecen los hombres.

Estoy seguro que muchos de los presentes comulgan con estas palabras y aspiran, como yo, que este Congreso de la Biblia sea para bien de nuestra Patria y para la Gloria de Dios.

Pastor Salvador Dellutri,
Ex Presidente Sociedad Bíblica Argentina