La Biblia y la salud: un cuidado integral

Por Alejandra Lovecchio de Montamat

Cuando la OMS definió a la salud humana como el completo bienestar físico, psíquico y social, los cristianos ya conocíamos por la Biblia que salud no es meramente la ausencia de alguna enfermedad y que la vida interior de cada ser humano tiene una profunda influencia tanto en su estado físico como en sus relaciones interpersonales.
El pensamiento hebreo que domina la escritura del Antiguo Testamento no concibe una división entre mente y cuerpo por eso cualquier aflicción mental tiene su correspondencia en un signo físico que puede ser visto por los testigos (Pr. 17:22). Aunque el Nuevo Testamento persiste en considerar al hombre como una integridad (1ª Ts. 4:23), el pensamiento griego que influyó la cultura cristiana promovió la errónea idea de estimar la mente (y el alma) por sobre el cuerpo.
Hasta nuestros días llegan las derivaciones entre algunos cristianos: maltratan el cuerpo subestimando su santidad o menosprecian la mayordomía sobre la salud física (1ª Co 6:19-20).

Ciertamente Dios comienza su obra de salvación en el corazón y aunque no podemos percibir el milagro del nuevo nacimiento, podemos evidenciar sus primeros efectos en el cambio mental que genera la presencia del Espíritu Santo en la vida. Luego el permanente camino hacia la santidad incluye no sólo proveer, nutrir y proteger al espíritu sino también al cuerpo humano (3ª Juan 1:2). Las buenas relaciones interpersonales son posibles al unirnos a la familia de la fe (Gálatas 6:10).

La ciencia médica ha avanzado en el reconocimiento de las enfermedades congénitas y adquiridas; examina los agentes exógenos que por sí solos o asociados a desequilibrios endógenos (genes, señales erróneas, estrés prolongado, etc.) inducen desequilibrios que conducen a distintos tipos de trastornos orgánicos. Por los conocimientos modernos se pueden prevenir, tratar y rehabilitar un gran número de dolencias y se está en constante trabajo para implementar nuevas prácticas que ayuden individual o colectivamente a promover el bienestar físico. Debemos dar gracias a Dios por tener el progreso científico a nuestro favor y debemos glorificar su nombre siendo responsables en el cuidado del cuerpo.
El amor ágape, aquel que somos llamados a ejercer los cristianos unos a otros, parte de un correcto cuidado de nuestro propio ser. El Señor Jesús resumió la ley y los profetas en dos grandes máximas: amar a Dios con toda nuestra integridad y al prójimo como a nosotros mismos.