Dios en la ciencia del siglo XXI (Entrega 5)

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El caso Flew 

“La ciencia en cuanto tal no puede proporcionar un argumento que demuestre la existencia de Dios. Pero las leyes de la naturaleza, la vida con su organización teleológica y la existencia del universo sólo pueden resultar explicables a la luz de una Inteligencia que da razón de su propia existencia y de la del mundo”. Antony Flew, del libro: Dios existe

 

En uno de sus más destacados ensayos filosóficos titulado Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno, entonces rector de la Universidad de Salamanca, escribió: “El odio antiteológico, la rabia cientificista (no digo científica)…es evidente. Tomad, no a los más serenos investigadores científicos, los que saben dudar, sino a los fanáticos del racionalismo, y ved con qué grosera brutalidad hablan de la fe”.

Resulta curioso que esta frase fuera escrita en 1912, aunque ciertamente podría haberse escrito la semana pasada. Todo cristiano puede constatar al recorrer las librerías seculares más importantes de nuestra ciudad y del mundo occidental, que cualquier tema filosófico o científico se presenta al lector contemporáneo casi exclusivamente desde un sólo punto de vista, aquel que ignora o niega a Dios. La filosofía de la ciencia, una rama fundamental que estudia las bases del pensamiento científico, puede dar pruebas de esta animosidad contra todo lo que signifique la existencia de Dios en especial para la investigación en ciencias naturales.

Al iniciar la Reforma Protestante había equilibrio y un diálogo implícito entre tres disciplinas: ciencia, filosofía y teología. Pero llegado el siglo XX ese equilibrio se rompió y una gran parte de las mentes científicas no sólo decidió desmantelar todo vestigio de la presencia divina en la naturaleza sino que objeta que la filosofía sea una disciplina necesaria para hacer ciencia. Leemos en el libro del profesor Stephen Hawking titulado El gran diseño cuando se refiere al origen del universo y la naturaleza de la realidad: “Tradicionalmente, éstas han sido cuestiones filosóficas, pero la filosofía está muerta. La filosofía no se ha mantenido al día con los avances modernos de la ciencia, particularmente de la física. Los científicos se han convertido en portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”.

Dice el profesor Idelfonso Murillo Murillo, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Salamanca: “El avance de la razón científica parece hacer innecesario el recurso a Dios. Y es que las ciencias por sí mismas no conducen a Él. Sus métodos y contenidos nos encierran en un mundo de fenómenos relativos sin referencia a un fundamento absoluto…lamentablemente muchos científicos y filósofos no son conscientes de sus límites y muchos otros no se atreven a creer que podamos conocer la verdad…”

Puede llegar a sorprendernos descubrir que la ciencia no es una disciplina autorizada para afirmar o negar la existencia de Dios. Claro que es necesario que esté comprometida con el materialismo metodológico ya que todo científico utilizará instrumentos que sólo servirán para investigar el mundo natural constituido por masa-energía; pero el materialismo ontológico, el pensamiento que asume a la materia como origen de todas las cosas incluidas la razón y la mente, es una posición filosófica.

Esta posición se contrapone al pensamiento cristiano bíblico que asume primero la existencia de una mente divina pensando e iniciando la creación; por esto creemos que la ciencia sólo puede indicar si el resultado de sus investigaciones inclina la balanza hacia una u otra posición.

Hoy las ciencias naturales están descubriendo las estructuras complejas del universo y la vida hasta sus mínimos detalles, y muchos resultados dan indicios a los científicos de una razón (o inteligencia) fundante; por esto no corresponde abandonar o prohibir la idea de Dios como la mente creadora. Además las leyes que rigen el funcionamiento de la naturaleza plantean problemas que no se pueden resolver dentro de las mismas ciencias, hace falta la participación de la filosofía y también de la teología como una posición válida para responder a ciertas inquietudes. Por anular a la filosofía y a la teología sabemos cada día mejor cómo es el mundo, cómo es el hombre, pero ignoramos por qué son así.

Hemos mencionado en entregas anteriores, que el cristianismo híbrido del siglo XX quizá deslumbrado por las conclusiones de la razón científica en la esfera de las ciencias humanas, se ha quedado sin argumentos. Podemos mencionar al menos dos motivos fundamentales: perdió sus convicciones en las verdades y hechos bíblicos por un lado, y despreció la dialéctica filosófica que requiere un saber profundo sobre los problemas del conocimiento, del lenguaje y de la realidad, dejando vacía la silla que debería ocupar el teólogo cristiano.

¿Pero no hubo en la historia del siglo XX algún cristiano que no temiera dar la batalla de las ideas ante un mundo cada vez más secularizado? Sí, posiblemente varios, pero queremos recordar a uno en especial. Cuenta en su introducción Antony Flew: “Es verdaderamente paradójico que mi primer argumento público a favor del ateísmo fuera presentado originalmente en un foro presidido por el más grande apologista cristiano del siglo XX…Y otra paradoja es el hecho de que mi padre fuera uno de los escritores y predicadores metodistas más destacados de Inglaterra”. Relatando su adolescencia y primera juventud, expresó: “Hacia 1946, cuando tenía casi 23 años, se había extendido (y llegado a mis padres) el rumor de que yo era ateo y ‘mortalista’ (escéptico respecto de la vida después de la muerte), y que había pocas probabilidades de que retrocediera”…El Socratic Club era un activo foro de debates entre ateos y cristianos, su temible presidente fue entre 1942 y 1954 el famoso escritor cristiano C S Lewis…Muchos de los ateos más prominentes de Oxford cruzaron sus espadas con Lewis y otros cristianos”.

A mediados del siglo pasado, el autor se comprometió con la disciplina filosófica académica y sistematizó (entre muchos otros temas) la argumentación sobre temas religiosos. Sus tres famosas obras: Teología y falsificación, Dios y la filosofía y La presunción del ateísmo siguen siendo libros de consulta y estudio de muchos filósofos y pensadores interesados. Su inspiración a seguir los argumentos donde la evidencia le condujera (un principio socrático), fue la máxima que lo inspiró desde su relación con Lewis.

Junto con Flew, muchos pensadores del siglo XX abrazaron las ideas darwinistas de la biología ya que éstas proporcionaban una garantía del progreso tanto natural como social. Julian Huxley escribió Ensayos de un biólogo sugiriendo esta idea y los pensadores marxistas se apoyaron en la idea de la existencia de leyes universales que regirían la evolución de la sociedad llevando a la lucha de clases y ésta, al inevitable progreso humano. La relación entre ciencia y filosofía ha sido habitual en la historia; al presente casi todas las ciencias naturales y la mayoría de las ciencias sociales asumen al materialismo como postura casi excluyente al momento de pensar el origen del mundo, del hombre y de la sociedad.

Pero el principio filosófico que guió a Antony Flew de “seguir las evidencias a dónde quiera que ellas conduzcan”, le obligaron a ser coherente cuando una evidencia (en especial aquella respaldada por un descubrimiento científico) le conducía hacia otra dirección, entonces este filósofo estuvo abierto a transitar nuevas posturas.

Como sucede en el ámbito científico cuando un nuevo descubrimiento desplaza un concepto que se asumía verdadero, Flew escribió que la filosofía también puede progresar aunque sus objetos sean la argumentación y la premisa o conclusión de una verdad. Pero lo que no previó fue que su último cambio de posición desde el ateísmo hacia el teísmo filosófico, fue un giro que se dio de bruces contra la corriente de pensamiento del siglo XX y XXI, y este choque trajo fuertes consecuencias dialécticas.

El famoso epistemólogo austríaco Karl Popper expresó en una frase que deberían tener en cuenta los científicos: “Lo que caracteriza al hombre de ciencia no es la posesión del conocimiento o de verdades irrefutables sino la búsqueda desinteresada en incesante de la verdad”. Aunque mucho de lo que sabemos acerca del universo y la vida nos obliga a considerar que el puro azar y las leyes naturales no alcanzan para explicar la organización y complejidad que nos rodea, los divulgadores científicos hacen caso omiso a la frase de Popper. Cual fanáticos religiosos se han atrincherado en el materialismo más acérrimo cuando las evidencias sugieren cuanto menos que la materia orgánica, la vida, la reproducción, todas las constantes físicas que mantienen el equilibrio de nuestro universo conocido, el material genético y muchos otros complejos sistemas químicos y biológicos no pudieron llegar a existir sin información previa proporcionada por un agente inteligente.

La información es a juicio de muchos filósofos de la ciencia una magnitud fundamental, es decir, un conjunto de datos ya ordenados que constituyen un mensaje que otorga sentido y significado a la realidad. Un mensaje puede ser sencillo, de hecho muchas especies transmiten información por medios relativamente simples que le permiten la supervivencia. Pero el hombre es la única especie que posee la capacidad para armar códigos y símbolos con significados complejos, y es ese pensamiento conceptual el que da origen al lenguaje humano. Resulta sorprendente reconocer que un lenguaje tan complejo como el humano precede al origen de la célula y continúa rigiendo la organización de la vida en nuestro planeta; esa información robusta y estable a través de las eras geológicas se encuentra en el código genético.

Los neurolingüistas indican que existe un fuerte vínculo entre la información, los datos, el conocimiento, el pensamiento y el lenguaje. Por ello es necesario acudir a los filósofos para considerar si es posible que las moléculas, siguiendo un derrotero azaroso y sometidas sólo leyes naturales (gravedad, electromagnetismo, nuclear fuerte y débil) pudieron: recabar datos, ordenarlos, adquirir conocimiento, formular pensamiento y luego transmitirlo en lenguaje de ADN y ARN.

Entrado el siglo XXI los científicos deben volver a buscar el diálogo con los filósofos, sean estos teístas o no; ignorar las inquietudes que aparecen con el cúmulo de conocimiento en especial sobre el lenguaje de la vida, lleva a varios divulgadores científicos a emular la intransigencia que endilgan a los religiosos del siglo XVI.

Los cristianos no debemos temer presentar nuestra posición ante una comunidad ciega y rebelde a la obra de Dios en el mundo y en las vidas de las personas. Estamos llamados a estar siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que nos demande razón de la esperanza que hay en nosotros. El caso Flew es un buen ejemplo de cómo Dios utiliza a hombres probos como el grupo de filósofos que debatieron pacientemente con nuestro protagonista dando razón de la existencia y acción divina.

Alejandra Montamat

Nota de la autora:

Recomendamos la lectura de las obras de destacados filósofos y científicos como Richard Swinburne, John Polkinghorne, William Lane Craig, Robin Collins, Michel Heller, Alvin Plantinga, William Alston, Hugh Ross, Brian Leftow, John Leslie, John Lennox y Thomas Woodward.