Mes de la Biblia

Por qué septiembre es el Mes de la Biblia

Septiembre es un mes especial para los cristianos de habla hispana porque celebramos el mes de la Biblia. En este mes recordamos dos hitos importantes vinculados con la traducción bíblica.

Las iglesias evangélicas y protestantes recuerdan que un día 26 de septiembre de 1569 en Suiza se terminaron de imprimir los primeros 2600 ejemplares de la Biblia en español conocida como la “Biblia del Oso” (llamada así por la ilustración de su portada). Esta traducción fue hecha por Casiodoro de Reina, y luego sería revisada por Cipriano de Valera, convirtiéndose en la traducción Reina Valera, la de mayor circulación en el mundo de habla hispana y la más apreciada por las iglesias protestantes y evangélicas.

Por otro lado, el 30 de septiembre la Iglesia Católica Romana conmemora el día de Jerónimo de Estridón, conocido como San Jerónimo, quien fue el traductor de la Vulgata Latina. Esta traducción fue durante siglos el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica Romana.

El mes de la Biblia es una celebración tanto personal como comunitaria. La Palabra de Dios que penetra nuestro ser interior trayendo luz y vida también nos desafía a bendecir a nuestros hermanos y predicarla en todo lugar.

La Biblia habla de Cristo, ella contiene el mensaje de salvación. Es por las Escrituras que nos encontramos con Dios y su hijo Jesucristo, llegamos a la fe y desarrollamos nuestra vida como hijos de Dios.

Durante el mes de la Biblia, desde Sociedad Bíblica Argentina queremos ofrecer te una variedad de recursos e ideas para difundir y celebrar juntos la obra de Dios a través de su Palabra.

Te invitamos a visitar el sitio especial del Mes de la Biblia.

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Palabra de Dios, encuentro con Cristo

La Biblia podría definirse de muchas maneras. Una biblioteca que alberga libros de distintos géneros literarios. Un manual del usuario con instrucciones diseñadas por el fabricante. Una lámpara que alumbra nuestro camino. Un cuaderno de bitácora para orientarnos en la travesía. Un espejo donde poder vernos tal como somos (y tal como se espera que seamos). Un manantial del cual abrevar cada día. Una carta escrita por el Padre.

No obstante, toda definición resulta insuficiente a la hora de expresar el verdadero corazón de la Biblia: Jesucristo. Su anuncio a lo largo del Antiguo Testamento. Su nacimiento en la humildad de un establo. Su ministerio de enseñanza y proclamación. Su pasión, muerte, resurrección y ascensión. Su obrar en la iglesia. Su reinado eterno.

Por medio de la Escritura conocemos sus distintos perfiles. Admirable. Príncipe de paz. Señor de señores y Rey de reyes. Consejero. Maestro. Emanuel. Pan de vida. Señor. Salvador. Mesías. Buen Pastor. Camino. Verdad. Y vida.

También podemos conocerlo como Verbo de Dios. Amor genuino que fue más allá de las palabras y se hizo «carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1.14).

Que al acercarnos a la Palabra escrita de Dios podamos encontrar a la Palabra encarnada de Dios. Y que de ese encuentro cotidiano nuestra vida salga transformada, de modo que seamos una carta de Cristo, «escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón» (2 Corintios 3.3).

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La singularidad de la Biblia

Por David Gardner

La búsqueda está en marcha. ¿Podemos confiar en alguien o en algo? ¿O estamos abandonados a nuestra propia suerte a tontas y locas? ¿Es la vida una serie de acontecimientos fortuitos, sin sentido, que teje momentos de felicidad sobre una etérea tela de vacuidad? Luego de comenzar a sondear el tema con una serie de interrogantes [1], presentamos ahora una afirmación audaz: la Biblia es confiable, totalmente confiable [2]. Es digna de nuestra confianza. Pero ¿por qué es así? y ¿cómo podemos estar seguros de eso?

Para estar seguros, tenemos que explicar más por qué usted y yo lo podemos saber con seguridad [3].

¿QUÉ ES LA BIBLIA?

¿Qué es la Biblia? Esta pregunta puede ser, y ha sido, respondida de muchas maneras. Hablando de sus cualidades formales, la Biblia (del griego “libros”), también llamada Sagradas Escrituras (del griego “los escritos sagrados”), consiste en 66 libros escritos en un período de tiempo de alrededor de 1500 años, por la pluma de 40 seres humanos diferentes. En manos de esos escritores, un conjunto de diferentes contextos históricos, culturales, lingüísticos y educacionales, junto con una gran variedad de géneros literarios se combinaron para producir el sabor deliciosamente diverso de los textos bíblicos.

Pero, sobre todo, a través de esta gran diversidad histórica, literaria y estilística llega un mensaje unificado acerca de cómo Dios perdona a los pecadores. La Biblia no presenta un mensaje meramente filosófico o moral, sino que da cuentas del plan de redención prometido, realizado y aplicado por el propio Dios. Dios se muestra a sí mismo trabajando en el escenario de la historia y con maestría soberana teje una intrincada trama alrededor del nacimiento, vida, muerte y resurrección del Protagonista de la historia, Jesucristo. En su esplendor multicolor, la Biblia habla con una sola voz, que declara de manera uniforme la gracia redentora centrada en Jesucristo, el único hombre sin pecado, que es también el Hijo de Dios, el Salvador de los pecadores.

Entonces, cuando decimos que la Biblia es la Palabra de Dios, significa que su Fuente es Dios, que su mensaje fue divinamente entregado y que, como relevación de Dios, su carácter es singular, diferente de cualquier otro documento en el mundo. Esto no significa que la Biblia haya caído del cielo como desde un paracaídas, ajeno al contexto humano y de la historia. Al contrario, es, tal como veremos en la próxima sección, un libro terrenal. Pero esta terrenalidad está marcada por una gracia reverencial: Dios entra en el contexto humano, lleva a cabo la redención y habla con un lenguaje comprensible para explicarlo.

Sin embargo, pese a manifestarse con un lenguaje humano y dirigido a los seres humanos, la Biblia no es nada menos que la propia Palabra de Dios. Aunque esta no es una afirmación novedosa, es una afirmación absoluta. Las implicancias de esta afirmación son integrales y (re)configuran categóricamente la forma en que debemos pensar nuestras vidas y nuestro mundo. O dicho con mayor propiedad: la Palabra de Dios es de fiar completamente y con confianza. Verdaderamente, la Palabra de Dios exige toda nuestra atención.

Pero ¿cómo podemos estar tan seguros? ¿Qué hace a la Biblia diferente de los otros llamados libros sagrados? ¿Qué la diferencia de otros escritos religiosos, morales y filosóficos?

La historia da testimonio de quiénes han creído en la Biblia sin reservas. Sin dudas, muchos han encontrado el mensaje redentor bíblico lo suficientemente convincente como para dar la vida por él. Luego de comprender lo que la muerte y resurrección de Cristo significaba para ellos, el sacrificio de sus propias vidas parecía una ofrenda menor. Otros, con seguridad, se han burlado de la Biblia y su mensaje. Al considerar la veracidad de la Biblia, sin dudas, es importante recordar que la respuesta humana no establece la veracidad bíblica. El [4] celo apologético nos puede llevar sólo hasta cierto punto, ya que hay mártires que han muerto por muchas causas.

¿LA BIBLIA ES SINGULAR?

La pregunta permanece. ¿La Biblia es diferente de otros libros? Un surtido de argumentos puede demostrar la singularidad de las Escrituras.

Podemos hacer una investigación sobre las profecías del Antiguo Testamento y descubrir su cumplimiento pleno en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. La fuerza pura acumulada de la promesa y su cumplimiento entre el Antiguo y el Nuevo Testamento ponen en evidencia la revelación divina y la divina orquestación de la historia para la redención en Cristo. La presentación del propósito divino de perdonar los pecados en un Mesías prometido y la forma en que Cristo llevó a cabo esa tarea, de acuerdo con la promesa del Antiguo Testamento, constituyen una maravillosa apologética de la singularidad de la Biblia.

Podríamos señalar como evidencia los manuscritos que demuestran de forma acumulativa la confiabilidad del texto de la Biblia. La cantidad y calidad de los manuscritos existentes nos da una visión clara de los escritos originales (llamados autógrafos).

Nuestro Nuevo Testamento, 2000 años después, es increíblemente confiable, tal como surge de la evidencia de los manuscritos. La combinación de las garantías atestiguadas de los manuscritos con la intrincada unidad del mensaje bíblico ofrece un argumento convincente sobre la confiabilidad de las Escrituras.

También podríamos considerar la crudeza de la Biblia. El patrón histórico de la escritura durante el período bíblico consistía, a menudo, en exagerar las hazañas militares y la grandeza de los reyes. La Biblia se destaca por su marcado contraste. A

pesar de las presiones culturales para avanzar sobre la propaganda histórica, la Biblia no endulza la vida de la gente ni revisa la historia para retratar a los reyes y otros líderes como poseedores de un poder y una gloria superiores, que exceden la realidad.

Esto también se aplica a Israel como nación. En lugar de afirmar la eminencia de Israel tomando como motivo su selección divina, las Escrituras nos orientan al Dios de la nación en lugar de orientarnos hacia la nación en sí misma. De hecho, a través del sorprendente candor de la pluma de Moisés, descubrimos cómo el pueblo de Israel fue elegido a pesar de su insignificancia e irrelevancia. El pueblo de Dios, según las Escrituras, no es elegido por su grandeza sino porque su Dios es grande y los ama (Deuteronomio 7: 6-8).

Si esa manifestación de humildad no fuera lo suficientemente convincente, las Escrituras no se limitan a distanciarse de la propaganda política, sino que hablan con realismo crudo sobre el pecado y el mal. Incluso, los hombres “buenos” en la Biblia son hombres malos. Incluso los justos no son lo suficientemente justos. La Biblia describe audazmente la penetración universal del pecado en formas sombrías, mostrando incluso a los héroes de la Biblia como corrompidos por el mal (por ejemplo, el rey David con Betsabé; 2 Samuel 11: 1-27).

El mensaje redentor de las Escrituras trae una mirada totalmente cruda, terrenal y realista acerca del pecado de la humanidad y ofrece la única solución para enfrentar al pecado: un remedio divinamente prometido y realizado en el mismo Hijo de Dios. Realmente, una de las características más atractivas de la singularidad bíblica es su realismo sobre el pecado y su solución de gracia divina para enfrentarse a él. El pecado es horrible; Dios mismo asume sus horribles consecuencias como forma de rescatar a su pueblo [5]. Ningún otro libro en la historia toma el pecado y la salvación tan en serio.

Cada uno de estos argumentos a favor de la singularidad de las Escrituras aporta valor agregado. Cada uno de ellos ofrece una poderosa argumentación acerca de por qué debemos creer en la Biblia. Pero a pesar de sus fortalezas, tales tácticas no son suficientes. De hecho, el efecto acumulativo de todos los argumentos intelectuales, morales o emocionales queda corto para una persuasión adecuada. Esto no se debe a que los argumentos no sean irresistibles, sino a que el corazón humano no puede recibir este tipo de persuasión si no procede de un acto de Dios en nuestros corazones.

Este hecho no ha pasado desapercibido, como hace casi 400 años lo aprendieron los hombres de Inglaterra y Escocia que se reunieron para resumir las enseñanzas de la Biblia. Sobre su evaluación del poder de persuasión de las Escrituras, reseñaron:

Podemos ser movidos e inducidos por el testimonio de la Iglesia a tener una estima alta y reverente hacia las Sagradas Escrituras y lo celestial del asunto, la eficacia de la doctrina, la majestad del estilo, el consentimiento de todas las partes, el alcance del conjunto (que es dar toda la gloria a Dios), el descubrimiento completo que hace de la única forma de salvación del hombre, las muchas otras excelencias incomparables y toda la perfección de los mismos son argumentos que demuestran con abundancia por sí mismos ser la Palabra de Dios. No obstante, nuestra persuasión y completa seguridad sobre la verdad infalible y la autoridad divina de los mismos es obra espiritual del Espíritu Santo, dando testimonio por y con la Palabra en nuestros corazones.[6]

En resumen, las características sorprendentes de las Escrituras no son suficientes para convencernos plenamente de que la Biblia es la Palabra de Dios. La persuasión es un don divino de la gracia y el Espíritu de Dios trabaja con la Palabra de Dios para dar una seguridad más profunda que las palabras. La convicción completa y definitiva viene a nosotros por el Espíritu Santo de Dios. Hacia él y su obra nos volcamos ahora.

Publicado originalmente en Place for Truth. (Un lugar para la fe)

[1] Parte uno de la serie en SQN, “¿Cómo puedo estar seguro? Incertidumbre cierta.”

[2] Parte dos de la serie en SQN, “¿Cómo puedo saber con seguridad? Dios ha hablado.”

3] El fascículo “¿Cómo puedo saber con seguridad?”, contiene una serie de preguntas luego de cada sección, destinadas a la discusión grupal.

[4] La apologética es una defensa sistemática de un particular punto de vista.

[5] Ver Gálatas 1:3-4.

[6] Confesión de Fe de Westminster 1.5, énfasis agregado.

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La importancia de traducir la Biblia

Que cada grupo humano pueda entender el mensaje del evangelio en la lengua de su corazón, el idioma en el que piensa y sueña.

La pregunta que muchas veces nos hacen es: ¿Por qué los cristianos se esfuerzan tanto en traducir la Biblia? Después de todo, la traducción de los libros sagrados en algunas religiones representa un problema teológico importante. Cito de Wikipedia:
 
Según teólogos islámicos una Traducción del Corán del árabe en otros idiomas no es posible, porque cada traducción ya incluye una interpretación. Se recomienda la lectura del texto original árabe. Toda traducción es sólo un acercamiento al mensaje coránico, por lo que ningún estudio del Corán puede ser considerado serio si no es un estudio basado en el texto árabe original.
 
Es interesante notar que para algunos que se hacían llamar cristianos, la traducción bíblica tampoco era una buena idea. Uno de los más acérrimos enemigos de Wycliffe escribió:
 
“John Wycliffe ha traducido el evangelio, que Cristo confió al clero y a los doctores de la Iglesia, para que pudieran administrarlo convenientemente a los laicos… Wycliffe lo ha traducido del latín al inglés, que no es precisamente el idioma de los ángeles. Como resultado, lo que antes solo estaba en el conocimiento de estudiados clérigos y de personas de buen entendimiento, ahora se ha convertido en algo corriente y al alcance de los seglares; de hecho, hasta las mujeres pueden leerlo. Como resultado, las perlas del evangelio han sido esparcidas y echadas a los cerdos”.
 
Esto no ocurrió solamente en la Europa de Wycliffe; también impactó en la incipiente colonia española, hoy llamada República Argentina. Así que en 1569, mediante la cédula que establecía la Inquisición en América, Felipe II también decretaba “la censura de las biblias en lenguaje vulgar (o sea, en castellano), al igual que pinturas indecentes y otros libros prohibidos, y en los puertos los comisarios debían examinar que no entrase nada de esto en las colonias. O sea, la Biblia (traducida) estaba dentro de los objetos prohibidos, compartiendo la lista con, por ejemplo, las figuras indecentes.
 
Pero en el mismo año que se establecía la Inquisición, más precisamente el 26 de Septiembre de 1569, salía de la imprenta la traducción bíblica al español realizada por Casiodoro de Reina, que tendría su primera revisión en 1602 por Cipriano de Valera, convirtiéndose en la traducción Reina Valera, la de mayor circulación en el mundo de habla hispana.
 
Es así que los cristianos creemos que la traducción bíblica no es algo que debe ser sólo permitido sino también anhelado, alentado, estimulado. Hay jóvenes que dejan sus potenciales carreras exitosas para internarse en una cultura, aprender una lengua, probablemente crear la gramática, y dejar como resultado la traducción de la Palabra de Dios. Hay familias que se trasladan de un continente a otro, abandonando sus comodidades, con nietos viviendo lejos de los abuelos, para que un pequeño grupo, a veces de unos pocos cientos, tenga la Biblia en el lenguaje de su corazón.
 
¿Por qué?
 
Bueno, podríamos citar muchos motivos para la traducción:
 
• Por un lado, existe una motivación antropológica: proteger y reforzar las culturas y lenguas minoritarias del mundo, que están siendo absorbidas por los idiomas mayoritarios. Como Sociedad Bíblica Argentina podemos dar testimonio del impacto de las traducciones en las comunidades que servimos. Los hermanos wichís no sólo dicen “ahora tenemos la Biblia en nuestro idioma” sino “ahora tenemos nuestro idioma”. Es como si dijeran: “la Palabra de Dios nos dio nuestras propias palabras”. Y esto ha ocurrido no sólo con las lenguas minoritarias, sino también con muchos de los idiomas principales, como el alemán.
 
• Una segunda motivación, podríamos llamarla misionológica: que cada grupo humano pueda entender el mensaje del evangelio en la lengua de su corazón, el idioma en el que piensa y sueña. Había un misionero leyendo la Biblia en castellano a un grupo de personas pertenecientes a una etnia del norte argentino. Y leía el pasaje de Gálatas 5: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas… envidias, borracheras…” y no pasaba nada. Enseguida comenzó a leer el mismo pasaje en la lengua de la etnia, y un hombre se levantó expulsado de su asiento diciendo: “¡Pero nosotros hacemos todo eso!”
 
• Hay una tercera motivación, que podríamos encuadrarla como sociológica. Un resultado derivado de la traducción bíblica ha sido eliminar los sentimientos de inferioridad de estas etnias. Rafael Mansilla, cacique Toba Qom y uno de los traductores de la Biblia a su propia lengua, nos comentaba hace unos meses: “Hace 30 años nos daba vergüenza hablar en idioma delante de la gente no indígena, pero ahora estamos muy orgullosos de nuestra lengua. Y esto se produce por la lectura de la Biblia”. Es más, los mismos misioneros que han estado trabajando con ellos nos dicen que a través de la Biblia ellos descubren que Dios no hace acepción de personas, que no son menos valiosos que el blanco que los conquistó, y eso les hace – en muchos casos – levantarse a reclamar sus derechos.
 
Pero sobre todos estos motivos, hay una motivación teológica para la traducción, que es central a nuestra fe. En realidad, la traducción no es sólo un recurso para que todos los pueblos conozcan el evangelio: la traducción es un componente central del evangelio.
 
Un gran historiador del cristianismo escribe lo siguiente: “La fe cristiana se basa un acto divino de traducción: ‘La Palabra (el Verbo) se hizo carne, y habitó entre nosotros’ (Juan 1.14). La encarnación es traducción. Cuando Dios en Cristo es hizo hombre, la divinidad fue traducida a humanidad, como si la humanidad fuese la lengua receptora”.
 
Hebreos 1.3 lo dice claramente: “Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza” (RVA). Y Pablo le escribe a los Colosenses: “Él es la imagen del Dios invisible” (1.15).
 
Es más, es gracias a este acto de traducción que hoy tenemos un evangelio que predicar. Cristo participó de carne y sangre, dice la carta a los Hebreos, y “debía ser en todo semejante a sus hermanos (la lengua receptora), para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Heb. 2.17).
 
Justamente una de las tareas centrales de la Sociedad Bíblica Argentina (como miembro de la fraternidad de las Sociedades Bíblicas Unidas) es que el mensaje de la Biblia pueda llegar a cada persona y etnia de nuestro país en un idioma que pueda entender.
 
Y para esto ha trabajado durante casi 200 años en la traducción de las Escrituras a las distintas lenguas de nuestro pueblo. En muchos de estos casos se trataba de lenguas ágrafas, o sea, que no tenían escritura, lo cual llevó enormes esfuerzos para la creación de alfabetos y reglas de gramática, convirtiendo a la Biblia en el único libro que algunas de estas comunidades poseen. Entre 1881 y 1886 se hizo la traducción al ya extinguido idioma Yahgan, luego al Mocoví, al Pilagá, al Chorote, al Wichí, al Quichua Santiagueño, al Toba del Oeste. Y en los primeros días de Mayo de este año, tendremos el acto de cierre de la traducción de la Biblia completa al Toba Sur (o Toba Qom).
 
Muchos han orado por este ministerio en los últimos 200 años. ¿Te sumarás al ejército de intercesores?
 
 
Ruben A. Del Ré
Director General de la Sociedad Bíblica Argentina

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