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El desafío de traducir la Biblia al Toba del Oeste

Uno de los proyectos vigentes de la Sociedad Bíblica Argentina (SBA) es la traducción del Antiguo Testamento a la lengua toba del oeste, idioma del pueblo originario que lleva el mismo nombre. Samuel Almada, consultor de traducciones de las Sociedades Bíblicas Unidas –que se dedica a la capacitación, acompañamiento al equipo de traductores y la retrotraducción– relata algunos desafíos que conlleva la traducción de la Biblia a una lengua y cultura diferente.

“La traducción se realiza del español al toba del oeste pero no se traduce de una versión en particular sino que se comparan al menos tres o cuatro versiones. Esto ayuda a encontrar las formas más apropiadas para la comunidad. Solo se elige una versión de referencia para la honomástica, es decir, los nombres propios y de personas”, explica Almada.

La traducción comienza con un trabajo individual, que luego se revisa con el equipo y con el consultor. Luego, se hacen impresiones en borrador para chequearlo con la comunidad, en talleres grupales de lectura y con lectores particulares de las comunidades. “Ellos dan su opinión y brindan sugerencias sobre el trabajo de la traducción. Después el equipo de traducción evalúa la devolución y decide si realiza modificaciones”, detalla el consultor.

Almada comenta: “Lo más importante es que el texto sea claro en la lengua de destino, que sea algo natural para la cultura. Hay mucho para pensar, discutir y dialogar sobre las cuestiones culturales que surgen en el proceso de traducción. Para resolver puntos difíciles consultamos cómo lo pusieron en griego, en latín, como se resolvió en otros idiomas. Este proceso implica tener en cuenta cuestiones culturales, de cosmovisión, de lingüística y de conocimiento bíblico”.

Recientemente el equipo de traducción finalizó el primer libro de Samuel que se imprimirá para ser entregado a los grupos de lectura.

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La Biblia, palabra escrita, basamento de la fe, la sociedad y la cultura. Pr. Salvador Dellutri

Salvador Dellutri. Pastor de la Iglesia de la Esperanza en San Miguel, Buenos Aires. Evangelista y conferencista de reconocida trayectoria en toda América Latina. Periodista de destacada labor en radio y televisión. Investigador incansable. Novelista y autor de libros de estudio.

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Dios en la ciencia del siglo XXI (Entrega 5)

El caso Flew 

“La ciencia en cuanto tal no puede proporcionar un argumento que demuestre la existencia de Dios. Pero las leyes de la naturaleza, la vida con su organización teleológica y la existencia del universo sólo pueden resultar explicables a la luz de una Inteligencia que da razón de su propia existencia y de la del mundo”. Antony Flew, del libro: Dios existe

 

En uno de sus más destacados ensayos filosóficos titulado Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno, entonces rector de la Universidad de Salamanca, escribió: “El odio antiteológico, la rabia cientificista (no digo científica)…es evidente. Tomad, no a los más serenos investigadores científicos, los que saben dudar, sino a los fanáticos del racionalismo, y ved con qué grosera brutalidad hablan de la fe”.

Resulta curioso que esta frase fuera escrita en 1912, aunque ciertamente podría haberse escrito la semana pasada. Todo cristiano puede constatar al recorrer las librerías seculares más importantes de nuestra ciudad y del mundo occidental, que cualquier tema filosófico o científico se presenta al lector contemporáneo casi exclusivamente desde un sólo punto de vista, aquel que ignora o niega a Dios. La filosofía de la ciencia, una rama fundamental que estudia las bases del pensamiento científico, puede dar pruebas de esta animosidad contra todo lo que signifique la existencia de Dios en especial para la investigación en ciencias naturales.

Al iniciar la Reforma Protestante había equilibrio y un diálogo implícito entre tres disciplinas: ciencia, filosofía y teología. Pero llegado el siglo XX ese equilibrio se rompió y una gran parte de las mentes científicas no sólo decidió desmantelar todo vestigio de la presencia divina en la naturaleza sino que objeta que la filosofía sea una disciplina necesaria para hacer ciencia. Leemos en el libro del profesor Stephen Hawking titulado El gran diseño cuando se refiere al origen del universo y la naturaleza de la realidad: “Tradicionalmente, éstas han sido cuestiones filosóficas, pero la filosofía está muerta. La filosofía no se ha mantenido al día con los avances modernos de la ciencia, particularmente de la física. Los científicos se han convertido en portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”.

Dice el profesor Idelfonso Murillo Murillo, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Salamanca: “El avance de la razón científica parece hacer innecesario el recurso a Dios. Y es que las ciencias por sí mismas no conducen a Él. Sus métodos y contenidos nos encierran en un mundo de fenómenos relativos sin referencia a un fundamento absoluto…lamentablemente muchos científicos y filósofos no son conscientes de sus límites y muchos otros no se atreven a creer que podamos conocer la verdad…”

Puede llegar a sorprendernos descubrir que la ciencia no es una disciplina autorizada para afirmar o negar la existencia de Dios. Claro que es necesario que esté comprometida con el materialismo metodológico ya que todo científico utilizará instrumentos que sólo servirán para investigar el mundo natural constituido por masa-energía; pero el materialismo ontológico, el pensamiento que asume a la materia como origen de todas las cosas incluidas la razón y la mente, es una posición filosófica.

Esta posición se contrapone al pensamiento cristiano bíblico que asume primero la existencia de una mente divina pensando e iniciando la creación; por esto creemos que la ciencia sólo puede indicar si el resultado de sus investigaciones inclina la balanza hacia una u otra posición.

Hoy las ciencias naturales están descubriendo las estructuras complejas del universo y la vida hasta sus mínimos detalles, y muchos resultados dan indicios a los científicos de una razón (o inteligencia) fundante; por esto no corresponde abandonar o prohibir la idea de Dios como la mente creadora. Además las leyes que rigen el funcionamiento de la naturaleza plantean problemas que no se pueden resolver dentro de las mismas ciencias, hace falta la participación de la filosofía y también de la teología como una posición válida para responder a ciertas inquietudes. Por anular a la filosofía y a la teología sabemos cada día mejor cómo es el mundo, cómo es el hombre, pero ignoramos por qué son así.

Hemos mencionado en entregas anteriores, que el cristianismo híbrido del siglo XX quizá deslumbrado por las conclusiones de la razón científica en la esfera de las ciencias humanas, se ha quedado sin argumentos. Podemos mencionar al menos dos motivos fundamentales: perdió sus convicciones en las verdades y hechos bíblicos por un lado, y despreció la dialéctica filosófica que requiere un saber profundo sobre los problemas del conocimiento, del lenguaje y de la realidad, dejando vacía la silla que debería ocupar el teólogo cristiano.

¿Pero no hubo en la historia del siglo XX algún cristiano que no temiera dar la batalla de las ideas ante un mundo cada vez más secularizado? Sí, posiblemente varios, pero queremos recordar a uno en especial. Cuenta en su introducción Antony Flew: “Es verdaderamente paradójico que mi primer argumento público a favor del ateísmo fuera presentado originalmente en un foro presidido por el más grande apologista cristiano del siglo XX…Y otra paradoja es el hecho de que mi padre fuera uno de los escritores y predicadores metodistas más destacados de Inglaterra”. Relatando su adolescencia y primera juventud, expresó: “Hacia 1946, cuando tenía casi 23 años, se había extendido (y llegado a mis padres) el rumor de que yo era ateo y ‘mortalista’ (escéptico respecto de la vida después de la muerte), y que había pocas probabilidades de que retrocediera”…El Socratic Club era un activo foro de debates entre ateos y cristianos, su temible presidente fue entre 1942 y 1954 el famoso escritor cristiano C S Lewis…Muchos de los ateos más prominentes de Oxford cruzaron sus espadas con Lewis y otros cristianos”.

A mediados del siglo pasado, el autor se comprometió con la disciplina filosófica académica y sistematizó (entre muchos otros temas) la argumentación sobre temas religiosos. Sus tres famosas obras: Teología y falsificación, Dios y la filosofía y La presunción del ateísmo siguen siendo libros de consulta y estudio de muchos filósofos y pensadores interesados. Su inspiración a seguir los argumentos donde la evidencia le condujera (un principio socrático), fue la máxima que lo inspiró desde su relación con Lewis.

Junto con Flew, muchos pensadores del siglo XX abrazaron las ideas darwinistas de la biología ya que éstas proporcionaban una garantía del progreso tanto natural como social. Julian Huxley escribió Ensayos de un biólogo sugiriendo esta idea y los pensadores marxistas se apoyaron en la idea de la existencia de leyes universales que regirían la evolución de la sociedad llevando a la lucha de clases y ésta, al inevitable progreso humano. La relación entre ciencia y filosofía ha sido habitual en la historia; al presente casi todas las ciencias naturales y la mayoría de las ciencias sociales asumen al materialismo como postura casi excluyente al momento de pensar el origen del mundo, del hombre y de la sociedad.

Pero el principio filosófico que guió a Antony Flew de “seguir las evidencias a dónde quiera que ellas conduzcan”, le obligaron a ser coherente cuando una evidencia (en especial aquella respaldada por un descubrimiento científico) le conducía hacia otra dirección, entonces este filósofo estuvo abierto a transitar nuevas posturas.

Como sucede en el ámbito científico cuando un nuevo descubrimiento desplaza un concepto que se asumía verdadero, Flew escribió que la filosofía también puede progresar aunque sus objetos sean la argumentación y la premisa o conclusión de una verdad. Pero lo que no previó fue que su último cambio de posición desde el ateísmo hacia el teísmo filosófico, fue un giro que se dio de bruces contra la corriente de pensamiento del siglo XX y XXI, y este choque trajo fuertes consecuencias dialécticas.

El famoso epistemólogo austríaco Karl Popper expresó en una frase que deberían tener en cuenta los científicos: “Lo que caracteriza al hombre de ciencia no es la posesión del conocimiento o de verdades irrefutables sino la búsqueda desinteresada en incesante de la verdad”. Aunque mucho de lo que sabemos acerca del universo y la vida nos obliga a considerar que el puro azar y las leyes naturales no alcanzan para explicar la organización y complejidad que nos rodea, los divulgadores científicos hacen caso omiso a la frase de Popper. Cual fanáticos religiosos se han atrincherado en el materialismo más acérrimo cuando las evidencias sugieren cuanto menos que la materia orgánica, la vida, la reproducción, todas las constantes físicas que mantienen el equilibrio de nuestro universo conocido, el material genético y muchos otros complejos sistemas químicos y biológicos no pudieron llegar a existir sin información previa proporcionada por un agente inteligente.

La información es a juicio de muchos filósofos de la ciencia una magnitud fundamental, es decir, un conjunto de datos ya ordenados que constituyen un mensaje que otorga sentido y significado a la realidad. Un mensaje puede ser sencillo, de hecho muchas especies transmiten información por medios relativamente simples que le permiten la supervivencia. Pero el hombre es la única especie que posee la capacidad para armar códigos y símbolos con significados complejos, y es ese pensamiento conceptual el que da origen al lenguaje humano. Resulta sorprendente reconocer que un lenguaje tan complejo como el humano precede al origen de la célula y continúa rigiendo la organización de la vida en nuestro planeta; esa información robusta y estable a través de las eras geológicas se encuentra en el código genético.

Los neurolingüistas indican que existe un fuerte vínculo entre la información, los datos, el conocimiento, el pensamiento y el lenguaje. Por ello es necesario acudir a los filósofos para considerar si es posible que las moléculas, siguiendo un derrotero azaroso y sometidas sólo leyes naturales (gravedad, electromagnetismo, nuclear fuerte y débil) pudieron: recabar datos, ordenarlos, adquirir conocimiento, formular pensamiento y luego transmitirlo en lenguaje de ADN y ARN.

Entrado el siglo XXI los científicos deben volver a buscar el diálogo con los filósofos, sean estos teístas o no; ignorar las inquietudes que aparecen con el cúmulo de conocimiento en especial sobre el lenguaje de la vida, lleva a varios divulgadores científicos a emular la intransigencia que endilgan a los religiosos del siglo XVI.

Los cristianos no debemos temer presentar nuestra posición ante una comunidad ciega y rebelde a la obra de Dios en el mundo y en las vidas de las personas. Estamos llamados a estar siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que nos demande razón de la esperanza que hay en nosotros. El caso Flew es un buen ejemplo de cómo Dios utiliza a hombres probos como el grupo de filósofos que debatieron pacientemente con nuestro protagonista dando razón de la existencia y acción divina.

Alejandra Montamat

Nota de la autora:

Recomendamos la lectura de las obras de destacados filósofos y científicos como Richard Swinburne, John Polkinghorne, William Lane Craig, Robin Collins, Michel Heller, Alvin Plantinga, William Alston, Hugh Ross, Brian Leftow, John Leslie, John Lennox y Thomas Woodward.

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Dios en la ciencia del siglo XXI (Entrega 4)

El lenguaje de la vida

“El ADN es como un programa informático, pero mucho, mucho más avanzado que cualquier software que hayamos podido crear hasta ahora” Bill Gates

 

En nuestra entrega anterior hemos discutido las teorías científicas acerca del origen de la vida y en particular de la aparición de la primera célula como el puntapié de la gran diversidad de seres vivos que hoy podemos reconocer en nuestro planeta. Siguiendo el pensamiento de Darwin acerca de la evolución biológica, en un nivel básico, los científicos tienden a considerar que la iniciación de la vida tiene relación con la capacidad de esta célula primitiva de auto organizarse y de relacionarse con su medio ambiente para obtener los medios de energía que le permitirán estructurar sus constituyentes moleculares y posteriormente replicarse a sí misma.

¿Ordenado o complejo?

El primer desafío que impone esta especulación científica es diferenciar entre sistemas ordenados y sistemas complejos. La naturaleza tiene muchos ejemplos de orden como ser los cristales de roca o los copos de nieve, pero los componentes que forman la unidad de organización de estos ejemplos no son para nada complejos. Constan de cadenas repetitivas de patrones que se disponen en orden siguiendo leyes naturales como ser las fuerzas de atracción entre sus moléculas. Un programador podría, por medio de un algoritmo simple, describir esta organización; por ejemplo si el patrón fuera la frase viva la vida repetida diez mil veces, el programa dirá:”para n=1 a 10000 escribir VIVA LA VIDA; después parar”. Esta cadena contiene poca información, sólo tres palabras, es muy larga y ordenada pero poco compleja.

Ahora pensemos en el Martín Fierro de José Hernández; sus estrofas no se sujetan a algoritmos sencillos, además poseen información específica porque sus frases tienen un significado particular que los argentinos podemos entender por hablar el idioma castellano y conocer nuestra historia. De manera que la secuencia de frases del poema narrativo Martín Fierro es compleja y específica; es información que surge de una inteligencia que la transmite en palabras, es lenguaje humano que expresa un mensaje particular: la vida del gaucho en las pampas.

ADN información pura y dura

En la entrega anterior hemos dicho que la materia viva es tan compleja que se ajusta mejor a la idea de un diseño que al azar; ahora agregamos que también es muy rica en información. Igual que los planos de un edificio, el ADN localizado en el núcleo de la célula contiene todas las instrucciones necesarias para construir el organismo completo. Nuestro ADN es una base de datos que puede equipararse en tamaño a la Enciclopedia Británica y cada una de las células del cuerpo humano posee una copia completa.

Esta secuencia de información absolutamente compactada que cabe dentro del núcleo resulta de una larguísima cadena que combina cuatro moléculas base llamadas nucleótidos que se identifican con las letras A, C,G y T.

Un gen es una porción de la larga cadena de letras de ADN que instruye (codifica) la formación de una determinada proteína. Los componentes de las proteínas son los aminoácidos y cada uno de los 22 aminoácidos esenciales para la vida es codificado por una combinación específica de 3 letras del ADN. A su vez, cada proteína está constituida por cientos de aminoácidos encadenados en una posición particular que siguen la instrucción y el orden establecido en la cadena de ADN. Un genoma es el conjunto de genes de un individuo. Los genomas son enormes; por ejemplo el ADN de la bacteria llamada Escherichia coli tiene cuatro millones de letras y el genoma humano posee más de 3000 millones de letras. Cada genoma posee todas las secuencias de nucleótidos (A;C;G yT) en un orden único y particular en cada especie y esto es así porque ese orden expresa un mensaje complejo y específico que determina las instrucciones para fabricar cada elemento celular. Si falta una letra o se duplica otra, el corrimiento de la lectura que hace la maquinaria de replicación puede detener la producción de la proteína o alterar su estructura y función.

Damos un ejemplo, compare las dos siguientes frases:

mi perro se llama Arquímedes y es muy veloz

mi prros el lamaA rquímedesy e sm uyv eloz-

A mayor tamaño de la frase, mayor será el error de arrastre. De manera que pequeños errores en el orden y disposición de las letras de la cadena de ADN malograría el mensaje con tremendas consecuencias en la replicación de los seres vivos. Por ello el orden celular es muy estático y sus moléculas se encuentran en configuraciones fijas, tanto en el ADN como en las máquinas celulares.

 

Información y planificación

Ahora bien, una cosa es tener la receta para producir ladrillos y otra muy distinta es construir un edificio o una fábrica. La organización del edificio también requiere de información, hace falta la inteligencia del arquitecto y la capacidad del constructor. Aquí nuevamente tenemos una dificultad que superar en el pensamiento científico: considerar que el azar ciego puede generar la aparición de un aminoácido en el medioambiente es razonable dadas ciertas condiciones; pero atribuirle al azar la capacidad de secuenciar la proteína y organizar los componentes celulares con ayuda de energía circulante es, como expresó Paul Davis “hacer explotar dinamita bajo una montaña de ladrillos y esperar que formen una casa”.

Algunos científicos apoyan sus especulaciones sobre el azar en los fenómenos de organización dinámicos que se observan naturalmente como la formación de un tornado cuyo orden obedece a leyes de la naturaleza; pero el complejo sistema celular muestra una disposición sumamente improbable que no puede explicarse por estas leyes. Por el contrario, al igual que los objetos de diseño inventados y construidos con un fin particular, por ejemplo un reloj, un automóvil, una computadora o un avión; las células poseen maquinaria sofisticada que cumple un propósito específico y además llevan impresas las instrucciones para su estructura y función. Del mismo modo que una computadora no puede funcionar sin un software, tampoco la célula puede operar sin la información codificada contenida en su ADN. 

El código genético

Entonces, si el ADN expresa información específica, es un tipo de lenguaje. En biología la cuestión central es entender que el código genético es el lenguaje de la vida. La ciencia es experta en describir los “cómo están constituidos o cómo funcionan” sus objetos de estudio pero falla cuando intenta responder a los “por qué o cómo se originan”.

¿De dónde proviene el código genético? ¿Puede un programa informático o un lenguaje autogenerarse? ¿Es posible que la célula haya emergido de los elementos inorgánicos y que seguidamente haya constituido su propia planificación? ¿Cuánta potestad le atribuimos al azar y a las leyes de la naturaleza en el origen de la complejidad específica? En el año 46aC. el filósofo Cicerón ya percibía lo poco racional de atribuir la aparición de un lenguaje al azar, dijo: “Si algún número de copias de las 21 letras del alfabeto, hechas de oro o de lo que sea, se colocan en un recipiente, se agitan y se arrojan al suelo, ¿será posible que produzcan los Anales de Enio?¡Dudo que el azar consiguiera producir siquiera un verso! (De Natura Deorum, traducción H Rackham, Harvard University Press, Cambridge Mass, 1933).

Varios biólogos entienden que la maquinaria de traducción común a todas las formas de vida es tan compleja, universal y esencial que es muy difícil poder llegar a saber cómo llegó a existir o cómo la vida habría llegado a existir sin ella. Hemos expresado en entregas anteriores que los temas relacionados con los orígenes del universo y la vida están siendo tratados desde dos puntos de vista contrapuestos: el naturalismo y el teísmo. Los naturalistas plantean que la materia (o la masa-energía) precede a la información; los segundos entre los que nos contamos los creyentes bíblicos, que la mente que origina la información precede a la materia. Así el concepto de la información como magnitud fundamental tiene profundas implicancias en la interpretación del universo, pues si se verifica que la materia y la energía son incapaces por sí mismas de generar vida, sin un aporte adicional de información, entonces el materialismo pierde todo sustento.

 

En el principio era el Verbo 

La Biblia no es un libro de ciencia pero sí es la base de nuestra cosmovisión. Muchas de las preguntas que se hace la filosofía de la ciencia, encuentran en ella una respuesta clara y asombrosamente sencilla. La Biblia no se detiene en los “cómo” pero sí detalla los “por qué y los para qué” de nuestra existencia.

No debemos negar el lenguaje metafórico que hallamos en los pasajes relacionados con la Creación, pero el uso de metáforas no niega la realidad: Dios pronunció la existencia y luego apareció la materia y la energía que constituyen nuestro universo y la vida.

Juan utiliza en su evangelio el término que usaban los filósofos de su época para referirse al principio racional del universo: el logos, que en nuestras versiones se traduce Verbo. Esta palabra conlleva la idea de mandato, de significado, de comunicación, de información y poder para realizar, en resúmen de capacidad creadora. La Biblia presenta al Dios que es Palabra, fuente de la información y poder para ejecutarla.

Ciertamente los creyentes aceptamos las verdades bíblicas por fe, pero esa fe descansa en algo real aunque invisible: la Palabra creadora que antecede a la existencia física. “Por la fe entendemos haber sido constituido en universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” He 11:3

La Biblia nos declara que la información es invisible e inmaterial y que preexiste al universo. Para transmitir la información se emplean muchos medios materiales (tinta y papel, señales auditivas, pantallas, genes, etc), pero la información es en sí inmaterial. En estos momentos usted está leyendo estas palabras impresas en pantalla o papel y mi intención no es que las incorpore materialmente a su persona, pero sí que medite y reaccione a la información que acabo de transmitirle.

Como dice John Lennox en su libro Has Science buried God? “La materia y la energía pertenecen a la categoría de cosas creadas, la Palabra no”.

 

“En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas;
sin él, nada de lo creado llegó a existir. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad.
Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla”

Juan 1:1-5 NVI

Alejandra Montamat

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Dios en la ciencia del siglo XXI (Entrega 3)

El origen de la vida

En el mundo científico las teorías más aceptadas acerca del origen de la vida en la tierra todavía carecen de pruebas y sostienen especulaciones como la vida extraterrestre o los universos paralelos, pero persiste el rechazo de la mayoría a aceptar la teoría del diseño inteligente (y de un Diseñador)

Tuve mi primer contacto con la química en 4º año de secundaria cuando mi profesora Vilma nos introdujo en el conocimiento de las sales y de los minerales, temas que formaban el corazón de la química inorgánica. Al pasar de año la misma profesora ahora nos enseñaba cómo se conformaban las estructuras químicas basadas en el carbono, compuestos esenciales de la materia orgánica… Entonces no me atreví a preguntarle qué había pasado entre medio para que los mismos elementos que conformaban los compuestos inorgánicos ahora se reorganizaran alrededor del átomo de carbono de forma tal de constituir las estructuras funcionales y las moléculas de energía utilizadas por la célula, base de los organismos vivos. Hoy sé que Vilma no hubiera podido responder sintéticamente como tampoco ningún otro profesor de ciencia. Dirá el genetista Michael Denton: la brecha entre el mundo viviente y el no viviente representa la más dramática y fundamental de todas las discontinuidades de la naturaleza. Entre una célula viva y los sistemas no biológicos más perfectamente ordenados, como un cristal o un copo de nieve, hay el abismo más enorme y absoluto que uno pueda concebir. (Evolution: a Theory in crisis; Adler & Adler, 1986).

Hablemos de la célula

Aún el más pequeño organismo vivo, la bacteria, es una fábrica en miniatura compuesta por miles de piezas diseñadas en una intrincada máquina molecular que es una verdadera línea de montaje de un total aproximado de 100.000.000.000 de átomos. Cada máquina que la compone consta de enormes cadenas proteicas que pueden moverse en un altísimo grado de coordinación para dar origen a un producto intermedio o uno final.

La existencia de estas máquinas biológicas constituye un desafío a la teoría de la evolución. Dijo Darwin: si se pudiera demostrar que existe un órgano complejo que no es posible que se haya formado por medio de numerosas, pequeñas y progresivas modificaciones, mi teoría se vendría abajo por completo (El origen de las especies, Ed. Planeta-De Agostini, 2002). El caso con estas máquinas moleculares es que, si faltara un mínimo componente en cada una de ellas, perderían completamente su función; de tal forma que en un proceso de evolución deberían haber aparecido todos sus componentes a la vez y organizados en una forma precisa, algo incompatible con el proceso de modificaciones simples y progresivas sostenido por Darwin. Dicho sea de paso, no existe publicación en la literatura científica que describa cómo ocurrió o pudo haber ocurrido la evolución molecular de cualquier sistema bioquímico real; hay afirmaciones de que ocurrió pero ningún experimento o cálculos que lo expliquen.

 

¿De dónde vienen las proteínas?

Ya que las maquinarias moleculares están constituidas por proteínas, podemos tomar a estas moléculas como la unidad más simple del sistema biológico. Están compuestas sólo por 22 aminoácidos, los únicos que puede codificar el ADN que es la molécula que contiene toda la información necesaria para la constitución de cualquier organismo vivo.

Una proteína muy sencilla está compuesta por unos 100 aminoácidos que toman una disposición espacial determinada (en la naturaleza hay dos: levógira o dextrógira) pero todos los aminoácidos tienen configuración L; para los amantes de las estadísticas la probabilidad de obtener al azar 100 aminoácidos L es de (1/2)100 que es una posibilidad en 1030.

Además las proteínas se eslabonan en una cadena o estructura primaria con enlaces muy estables llamados peptídicos, aunque en la naturaleza también existen otros. Sólo por esta conformación la proteína toma una forma determinada en el espacio para cumplir una función. Pero lo más increíble es que los 100 aminoácidos deben eslabonarse en una única y ordenada secuencia de tal manera que puedan contener una información determinada; como en una frase, cada palabra y sus letras deben estar ordenadas para que se lean y sean comprensibles. Un error u omisión podría dar una instrucción defectuosa o interrumpir la transmisión y/o replicación del mensaje. Así de compleja y organizada es la más simple proteína.

 

Teorías sobre el origen de la vida

Los cristianos leemos en la Biblia que el mundo inorgánico y el orgánico tienen origen en la Palabra de Dios y los hombres que comenzaron a sistematizar el pensamiento científico no discutieron este origen sino que se dedicaron a explorar la complejidad y el orden instituido. Pero hemos argumentado en las entregas anteriores que hoy existe un enfrentamiento entre naturalismo y teísmo lo que equivale a decir que si Dios no existe ni crea (ex nihilo), todo lo que experimentamos con nuestros sentidos y lo que se puede estudiar y describir es la materia que llegó a ser, se organizó a sí misma y se mantiene sostenida por leyes físicas “ad hoc”.

Entre los naturalistas existen dos teorías acerca del origen de la vida, una dice que la vida se inició en una sopa primitiva en los océanos terrestres, donde a partir de átomos que constituían la materia inerte se formó algo tan complejo y extraordinario como la vida; un sistema químico auto sostenible experimentó una evolución darwiniana. A esta predestinación bioquímica la propuso Oparin en 1920 quien imaginó una atmósfera primitiva sin oxígeno que influida por la luz UV y descargas eléctricas se transformó en precursores prebióticos, y éstos en una concentración suficiente, constituyeron la sopa orgánica. Después los procesos químicos dieron lugar a los polímeros (largas cadenas de aminoácidos), a los sistemas de transmisión de información y a la síntesis de proteínas, ADN y ARN. Stanley Miller en 1953 demostró experimentalmente la teoría creando en su laboratorio un microambiente con ciertos elementos que sometió a descargas eléctricas, pero sólo logró sintetizar aminoácidos sueltos que nunca conformaron ni una proteína y mucho menos vida.

Los defensores de esta teoría sugieren que en los océanos primitivos se dieron muy especiales condiciones y que el propio sistema tenía capacidad de autorregulación para que las nuevas moléculas y sistemas prosperasen en la dirección correcta impidiendo la ineficiencia del sistema. Hoy sabemos que la atmósfera primitiva distaba de la que Oparin imaginaba y que la existencia del oxígeno (que sí estaba entre los elementos primitivos) impediría la formación de biomoléculas y las descompondría.

Además no hay manera de probar la organización de cualquier simple proteína sin la existencia previa de información codificada en el ADN. Es curioso que uno de los creadores de esta teoría, Dean Kenyon, hoy se manifieste creacionista.

Otra teoría en vigencia asume que algo tan complejo como la vida no pudo haber evolucionado en el lapso de tiempo determinado por la ciencia para la edad de la tierra y por tanto su especulación es que la vida llegó desde afuera de nuestro planeta a bordo de asteroides, meteoritos o cometas que sembraron los océanos primitivos, a esta teoría se la conoce como siembra cósmica o panspermia dirigida. Uno de los descubridores del ADN, Francis Crick, apoya esta teoría recordando que el conocido cosmólogo Carl Sagan sugería que habría millones de civilizaciones inteligentes en los billones de galaxias y que sus habitantes pudieron llegar a nosotros a través de universos paralelos.

A estas teorías se contrapone una llamada diseño inteligente (DI), que estudia la presencia de patrones en la naturaleza los cuales pueden explicarse mejor si se atribuyen a un diseño subyacente. Gracias a las herramientas matemáticas, de probabilidad y medición más precisas hoy se cuenta con métodos para distinguir los objetos producidos inteligentemente. El DI tiene como postulado que únicamente causas inteligentes pueden explicar adecuadamente las complejas estructuras ricas en información estudiadas por la biología y que son empíricamente detectables. Se puede inferir inteligencia de diseño cuando un sistema es: contingente es decir que su presencia no obedece a una ley que pueda explicarla (vimos que los aminoácidos existen en dos conformaciones posibles pero las proteínas sólo están conformadas por los tipo L).

Otra característica de un objeto de diseño es la complejidad cuando teniendo muchos elementos que pueden estar ensamblados de muchas maneras distintas, sólo unas pocas le dan funcionalidad (por el ejemplo un reloj, una PC o un coche) y finalmente inferimos diseño si un objeto posee especificación, o sea que sirve a un fin determinado. Dice uno de sus propulsores: “Una sola letra del alfabeto es específica sin ser compleja. Una larga frase de letras al azar es compleja sin ser específica, pero un soneto de Shakespeare es tanto complejo como especificado”.

Cuando leemos el Martín Fierro sabemos que ha salido de una mente de poeta; en cambio una letra o una serie de símbolos sin sentido que aparecen en la pantalla de nuestra computadora pudieron haber sido generados por casualidad al apoyar un objeto en el teclado sin intención. Nuestro mundo viviente está plagado de elementos de complejidad específica que nunca podrían haber llegado a existir por sumatoria de eventos fortuitos…ni siquiera contando con tiempos geológicos inmensos.

 

Conclusión

La contemplación del mundo que nos rodea, sus muchas maravillas y en especial la vida debieran provocar en nuestra mente el asombro de David quien dijo: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos…me pregunto ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?…Lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; Todo lo pusiste a sus pies.”

Sin embargo, la necedad humana no disminuye por la acumulación de conocimiento, al contrario, leemos en la Biblia: “Dice el necio en su corazón, no hay Dios, Dios no existe”, “En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”, “pero ellos no se acercan a ella porque temen que sus obras queden al descubierto”

En la próxima entrega trataremos sobre el sistema de codificación biológica, sus implicancias y por supuesto las especulaciones científicas sobre su origen.

Alejandra Montamat

 

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Dios en la ciencia del siglo XXI (Entrega 2)

En el principio

En el principio creó Dios los cielos y la tierra Génesis 1:1

Aunque por mucho tiempo la especulación filosófica consideraba que el universo era eterno, nuevos conocimientos de la ciencia empírica convalidan el hecho de que tuvo un comienzo. 

El ámbito de la ciencia

La ciencia explica y nos capacita para entender lo que antes no comprendíamos sobre la naturaleza. Un dogma del naturalismo es que la ciencia puede explicarlo todo. Dijo Bertrand Russell: Todo conocimiento ha de ser alcanzado por medio de los métodos científicos, lo que la ciencia no puede descubrir, la humanidad no puede saberlo. (Religion and Science. Oxford University Press 1970). La posición filosófica detrás de estas aseveraciones es el materialismo que afirma que la materia y los fenómenos físicos son la única realidad y explicación de lo que existe; por supuesto que sus especulaciones excluyen cualquier actividad de un agente sobrenatural y externo.

Para los científicos que adhieren a esta postura, la fe religiosa puede hacer pensar en Dios y traer beneficios emocionales o físicos a las personas, también puede ser practicada mientras no invada el terreno de la ciencia porque sólo la ciencia aporta verdadero conocimiento. Si sólo la ciencia natural puede establecer la verdad y sumar conocimiento a la sociedad, muchas disciplinas humanas deberían considerarse fuera del ámbito académico escolar o universitario como ser: literatura, arte, música o cualquier disciplina social. La moral queda también fuera del ámbito científico ya que en éste se pueden estudiar los efectos de un veneno o de la bomba atómica pero no puede decirse si utilizarlos para lograr ciertos propósitos es correcto o no.

En nuestros días el avance del conocimiento sobre el universo permite a muchos científicos determinar la naturaleza y estructura del mismo pero no puede responder a la pregunta de por qué existe. Los cristianos que leemos la Biblia sabemos no sólo que hay un Creador sino que tuvo un propósito fundamental que consiste en mostrar Su gloria a través de la creación y llamar a las almas humanas a una relación perfecta con Él; por ello entendemos que es dogmático afirmar que como la ciencia (por su metodología) no puede averiguar quién creó ni por qué existe nuestro universo, nadie puede saberlo ni debe preguntarse sobre esta cuestión. La ciencia entonces posee un límite que es su incapacidad para responder a preguntas acerca del origen y el fin de las cosas, como ser ¿Cuándo comenzó todo? ¿Por qué estamos aquí? o ¿Qué sentido tiene nuestra vida?

Campo de la filosofía y campo de la ciencia

La capacidad de hacerse estas preguntas es inherente a todo ser humano y sabemos además que la disciplina que ha sistematizado las posturas al respecto es la filosofía. Pero en nuestros días estamos observando la irrupción de ciertos hombres de ciencia que invaden despectivamente el terreno de la filosofía académica; estos “guerreros” de las ciencias naturales no utilizan armas pero sus aseveraciones son temerarias. Sus objetivos en la batalla ya no son los religiosos (a quienes ignoran) sino los filósofos de la ciencia. En su último libro titulado “El gran diseño” Stephen Hawking, quien describió la cosmología como una especie de religión para los ateos inteligentes, inicia sus especulaciones con las siguientes preguntas: ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo esto? ¿El universo necesitó un creador? Responde luego: “Tradicionalmente, estas han sido cuestiones filosóficas, pero la filosofía está muerta. La filosofía no se ha mantenido al día con los avances modernos de la ciencia, particularmente de la física. Los científicos se han convertido en portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”. Su libro supuestamente tiene como objetivo presentar los argumentos acerca del origen del universo basado en el modelo del Big Bang, pero ocupa gran parte de sus páginas discurriendo sobre la historia y la filosofía de la ciencia.

¿Por qué un físico teórico concibe una obra que parece más un tratado filosófico en lugar de describir las pruebas científicas (empíricas) que apoyen su postura acerca del origen del universo? La cuestión del origen del universo tiene importancia capital para los hombres de ciencia en particular los cosmólogos. Si el universo no tuvo principio y es eterno, su existencia está garantizada; pero si tuvo comienzo entonces no es definitivo. Antes de que las pruebas científicas pudieran confirmar o descartar esta cuestión, muchos filósofos plantearon sus ideas: Platón creía que la materia era preexistente al universo, otras cosmologías pensaban el universo como ciclos repetitivos interminables pero los cristianos leemos en la Biblia que el universo fue creado de la nada por Dios en el principio del tiempo.

 El principio del universo

Aunque en la modernidad se volvió a considerar la idea de un universo infinito, a partir del siglo XIX la crítica y las pruebas científicas han llevado a los hombres de ciencia a aceptar que éste tiene un comienzo en algún punto, lo que se conoce como singularidad. Entonces ahora dentro del pensamiento científico se barajan dos alternativas viables: o alguien creó el universo o se hizo a sí mismo. La ciencia empírica ha puesto a los naturalistas (o materialistas) en una posición difícil ya que deben identificar un mecanismo natural por el que el universo podría haberse creado y desarrollado así mismo sin una dirección inteligente. Aquí es donde Hawking en su obra da una explicación que demuestra su posición: “Porque existe una ley como la gravedad, el universo puede crearse a sí mismo de la nada. La creación espontanea es la razón por la que existe el universo, por la que existimos, y no es necesario invocar a Dios para que encienda la mecha y ruede el universo”. No explica por qué la gravedad se indujo a sí misma a existir y creemos que él sabe que las leyes pueden por ejemplo predecir la trayectoria de un cuerpo pero son incapaces de iniciar su movimiento y mucho menos su existencia.

Algunos científicos opinan que no debemos encontrar una razón para el principio del universo, porque no la hay. Pero nuestro universo es sumamente racional y de hecho puede ser estudiado por la ciencia; lo que llevó a Einstein a decir que “lo más incomprensible del universo es que sea comprensible” o a Kepler afirmar que los hombres de ciencia pueden pensar los pensamientos de Dios. Además el universo posee un ajuste fino, un número muy significativo de constantes físicas que en conjunto permiten su existencia y su ordenamiento, por lo que decir que el universo simplemente apareció suena bastante poco científico. No obstante muchos arguyen que el universo se explica a sí mismo porque se “autogeneró” y para ellos el conjunto de constantes físicas fundamentales que permiten las relaciones de nuestro universo y la existencia de la vida en nuestro planeta se dan de esta manera porque el nuestro sería sólo uno de infinitos universos existentes. Así muchos hombres de ciencia, que apenas han salido de su asombro por la exquisitez del diseño del universo conocido y no totalmente explorado especulan que no existiría sólo uno sino infinitos universos (Teoría de los Multiversos). Incluso los físicos que trabajan en la unificadora Teoría de Cuerdas, especulan con ideas semejantes en cuanto al origen del universo.

Un filósofo cristiano llamado William Lane Craig describe la actitud soberbia de los “nuevos sacerdotes” del siglo XXI con estas palabras: ¿Por qué los científicos pronuncian la muerte de la filosofía y demandan que son ellos los que llevan la antorcha del conocimiento? Porque eso les permite encubrir su filosofar con el manto de la autoridad científica, eludiendo de ese modo la difícil tarea de argumentar a favor de sus tesis, en lugar de meramente afirmar sus puntos de vista filosóficos. Albert Einstein dijo: “El hombre de ciencia es un mal filósofo”.

Estimado lector, la Biblia comienza con la sentencia: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” y hasta el momento ningún científico ha podido refutar esta verdad.

Alejandra de Montamat

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Dios en la ciencia del siglo XXI (Entrega 1)

Dios está resucitando en el pensamiento científico

Cuando el positivismo lógico parecía exhibir argumentos fuertes contra la existencia de Dios, nuevos descubrimientos de la ciencia moderna obligaron a ciertos filósofos a replantearse su posición atea, algo que todavía se deben muchos hombres de ciencia.

 

“Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1); “De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y lo que en él habita, porque Él la fundó…” (Sal. 24:1,2); “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1); “Porque en él (Cristo) fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles” (Col 1:16); “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (He 11:3).

Versículos pueden ser leídos en la Biblia pero: ¿No es su contenido simbólico y poético, cargado de filosofía precientífica? ¿Deben tomarse sus sentencias literalmente? ¿No es la fe cristiana irracional? ¿Se puede pensar científicamente sin prescindir de la idea de Dios? Estas preguntas han sido respondidas positiva o negativamente por intelectuales de las distintas ramas del pensamiento filosófico y científico a lo largo de la historia; pero entrado el siglo XX llegó a primar entre ellos la concepción de que el universo y la vida podían explicarse por procesos que excluían la mano de un Dios creador y de una mente inteligente. Por ello, progresivamente la Biblia dejó de ser para la sociedad un libro de sabiduría que declarase las verdades del universo y del ser humano.

 

La Biblia en las corrientes de pensamiento

Que la mente del hombre caído rechaza la idea de Dios como creador y juez es una verdad ya sentenciada en la Biblia (Sal. 14:1), pero lo que ha ocurrido dentro de las congregaciones cristianas desde el siglo de las luces hasta nuestros días es una llamada de atención para el cristiano fiel y firmemente arraigado en la Palabra de Dios. Sucedió que varios estudiosos cristianos y hasta predicadores de la Biblia incorporaron la filosofía racionalista a su lectura y comprensión, entonces todo aquello que narra la Biblia y que no puede ser explicado por la razón humana no debe tomarse literalmente. Fue así que la creación y principio del universo de la nada, la aparición del hombre en la tierra, las diez plagas que cayeron sobre Egipto, la fuerza sobrenatural de Sansón, la concepción virginal de Cristo, su muerte vicaria y su resurrección (entre muchas otras verdades bíblicas) fueron explicadas por fenómenos naturales, espiritualizadas o ignoradas.

Si un predicador reclamaba a sus hermanos volver a presentar toda la Palabra sin eludir ningún aspecto de la revelación, se lo tildaba de fanático u obtuso y se lo aislaba del círculo de “intelectuales” fueran estos cristianos o no (sugiero averiguar cuál fue la experiencia del predicador bautista Charles H. Spurgeon hacia el final de su ministerio).

En nuestros días advertimos que algunos teólogos, pastores y laicos todavía adhieren a esta corriente, por eso sólo utilizan algunas partes de la Biblia como fundamentos éticos y principios sociológicos pero niegan el poder y la autoridad del Espíritu Santo que dirigió la tarea de todos los escritores inspirados y que aún convence al hombre de pecado, de justicia y de juicio.

La evolución de la ciencia

Mientras que el cristianismo híbrido del siglo XX escondía muchas verdades bíblicas bajo la alfombra del mito, la ciencia moderna tomó la delantera. El gran avance del conocimiento científico (que tanto contribuyó al desarrollo y superación de problemas universales) llegó a inundar el espectro del pensamiento que antes ocupaban la filosofía y la religión dando lugar por ejemplo a que biólogos evolucionistas de posición atea se sienten a debatir sobre los motivos que subyacen bajo los conflictos sociales, culturales e internacionales de nuestros días o que neurobiólogos destaquen que los impulsos de la conducta humana se expliquen por las variables biológicas de las estructuras neuronales.

Así vemos que la conciencia humana, el pensamiento conceptual, la racionalidad, la vida autónoma y el epicentro del propio ser (lo que la Biblia llama el corazón y los filósofos el yo) mal pueden ser explicados por una evolución azarosa o una acumulación de nuevos complejos sinápticos. Pero el único argumento que señalan estos voceros de la nueva verdad como origen de estas características propias del ser humano es “un golpe de suerte” (1) o incluso “un milagro”(2).

La autoridad de estos sacerdotes modernos parece derivar de su habilidad para difundir argumentos de la especulación científica asegurando que teorías como la evolución serían “hechos comprobados” sin lugar a discusión, logrando convencer a buena parte de la audiencia lega y medios de divulgación científica. No obstante muchos otros filósofos y hombres de ciencia reputados (no todos teístas o cristianos) consideran que esa teoría no puede explicar la complejidad de la vida en nuestro planeta y dan argumentos racionales de peso muchos de ellos basados en la lógica escéptica (razones que prescinden de la fe).

 

Naturalismo vs Teísmo

Cualquier debate entre estas posiciones se ha tornado en un diálogo de sordos porque los biólogos defensores del naturalismo por definición rechazan toda teoría que incluya la posibilidad de una mente eterna superior a todo lo que existe y que puede ser observado por la ciencia. Cabe aquí recordar una advertencia de Albert Einstein: “El positivismo afirma que lo que no puede ser observado no existe. Esta concepción es científicamente indefendible…equivale a decir que sólo existe lo que observamos, lo cual es evidentemente falso”.

Entonces el foco del debate entre científicos naturalistas y teístas no es tanto el origen del universo ni el desarrollo de la vida sino la existencia o no de Dios. Dice el filósofo contemporáneo Roy A. Varghese “muchos hombres de ciencia se han convertido en los evangelistas ateos de hoy y para ello dirigen su artillería contra los abusos de las grandes religiones mundiales, pero todo exceso y atrocidades de la religión organizada no tienen nada que ver con la existencia o inexistencia de Dios, de la misma forma que una amenaza de guerra nuclear no tiene que ver con si es verdad que E=m.c2”.

 

Volviendo a la Biblia

La revista Time publicó en su portada en abril de 1980 “En una revolución silenciosa en el pensamiento y la argumentación que casi nadie habría previsto hace sólo dos décadas, Dios está retornando. Esto está sucediendo en los selectos círculos de los filósofos académicos”.

Desde entonces y hasta hoy hay mucha información científica que señala la obligación de considerar que una mente eterna y superior está detrás de todo lo que existe. Nos proponemos publicar más adelante las más importantes evidencias para que los creyentes puedan advertir que no está cerrado el debate acerca de la existencia de Dios para los hombres de ciencia. Que sólo un fanático se puede negar a examinar que Dios es la explicación más razonable para el origen, mecanismos de funcionamiento y ajustes finos del universo y la vida.

Pero el creyente tiene algo más para brindar a la sociedad moderna: la Palabra de Dios, con sus sentencias, sus verdades y su trascendencia para el ser humano. Escribió el profeta Isaías: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” y agregó Jesús quién fue la mayor y más completa prueba de la existencia de Dios: “Cielo y tierra pasarán, pero mi palabra no pasará”.

Volvamos a la fuente de vida, creamos a la verdad de la Biblia que es todo el consejo de Dios, oremos por aquel prójimo que todavía duda de Su existencia y seamos fieles testigos de Aquel que creó todo lo que existe, quién un día vino a morir en la cruz por nuestra rebeldía e incredulidad y que un día volverá por su pueblo y juzgará a cada hombre según sus obras y sus pensamientos.

(1) Richard Dawkins, The God Delusion. Bantam. Londres 2006

(2) Daniel Dennet, Living on the Edge. Inquiry 1/2. 1993

Alejandra de Montamat

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La Biblia en diálogo con nuestro presente argentino. Dr. Tomás Mackey

Tomás Mackey. Licenciado en Teología por el Seminario Internacional Teológico Bautista. Magister en Divinidades y doctor en Teología por el Southwestern Baptist Theological Seminary. Coordinador de la Fraternidad de Pastores de la ABA. Presidente del Comité de Educación Teológica de la Alianza Mundial Bautista.

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La iglesia en permanente reforma frente a las Escrituras. Pr. Carlos Mraida

Carlos Mraida. Pastor de la Iglesia Bautista del Centro de la ciudad de Buenos Aires desde 1986. Autor de más de 15 libros, entre ellos Cómo entrar al reino de la felicidad. Coordinador del Consejo de Pastores de Buenos Aires y del movimiento Argentina Oramos por Vos.

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